–Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis; pero el escándalo ya no existe.
El escándalo no existe, le dice Breton a Buñuel a la altura de 1955. Y, sin embargo, perdura la sorpresa. Vamos a ver en clase Un chien andalou (1929). Ya sé que es un delirio inmenso, apenas comprensible, por empeño de los autores. Seguramente haga falta que la contempléis de nuevo para que no se escape nada, así que aquí la tenéis.
De paso, aprovechando la posibilidad de que detengáis la reproducción en cualquier momento, daré algunas pistas sobre la película, ese “llamamiento público al asesinato”, escribió Luis Buñuel.
Según cuenta el director, había tenido un sueño en que “una nube desflecada cortaba la luna y una cuchilla de afeitar hendía un ojo”. Dalí, en sueño confluente, había contemplado una mano llena de hormigas, y propuso hacer una película a partir de esto.
Escribimos el guión en menos de una semana, siguiendo una regla muy simple, adoptada de común acuerdo: no aceptar idea ni imagen alguna que pudiera dar lugar a una explicación racional, psicológica o cultural. Abrir todas las puertas a lo irracional. No admitir más que las imágenes que nos impresionaran, sin tratar de averiguar por qué. En ningún momento se suscitó entre nosotros la menor discusión.
Según Dalí (Vida secreta), sin embargo, el guión estaba hecho y Buñuel solo influyó en aspectos secundarios, de matiz. Sea como fuere, la película se editó a nombre de los dos y, tras varias vueltas sobre el título, se llamó “Un perro andaluz”, nombre con que tildaban a los andaluces de la Residencia de estudiantes, en particular, al más destacado de ellos: Federico García Lorca.
Existe un conjunto de indicios que nos permiten suponer que Un perro andaluz , en el título y también en el contenido, contiene alusiones privadas y semisecretas, algunas inteligibles sólo para los iniciados, muchas de las cuales apuntan a la actitud de Dalí ante el amor de García Lorca. Éste pudo sentirse aludido en tres secuencias del film: la vuelta a la vida del protagonista en la cama (recuerdo de las escenificaciones de su propia muerte que él solía representar en la Residencia y otros lugares); el paseo en bicicleta (acaso cita de su obrita en prosa El paseo de Buster Keaton, 1928); el manoseo de la muchacha cuyos pechos se vuelven nalgas (posible recuerdo de la aventura con Margarita Manso).
La relación con El paseo… es especialmente interesante. B. K. sale a pasear en bicicleta; cae de ella invocando al amor –la imposibilidad de moverse simboliza en los sueños la frustración sexual–, y no tiene la “espada con hojas de mirto” –símbolo fálico– por la que una mujer le pregunta. Llega otra joven en bicicleta, cae también y muere; B. K. teme que lo acusen del asesinato. Se trata de una alegoría sobre el sentimiento de frustración y culpa ante la impotencia amorosa heterosexual. ¿Procede de Lorca la escena de la bicicleta? Teniendo en cuenta que la bicicleta es un tópico en el cine cómico de los años veinte, y el conocimiento general de la figura de B. K., no parece que Lorca haya de ser necesariamente la fuente.
(Guillermo Carnero)
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La definición de la película por parte de Dalí, es la siguiente:
“era la película de la adolescencia y la muerte, que iba yo a clavar en el corazón mismo del ingenioso, elegante e intelectualizado París, con toda la realidad y todo el peso del puñal ibérico, cuyo puño está hecho del suelo sangriento y petrificado de nuestra prehistoria, y cuya hoja lo está de las llamas inquisitoriales”.
La encajera de Vermeer, y junto a él una jeringuilla y una ratonera con ratoncillos vivos, que recuerda ¿Por qué no estornudar? de Duchamp
; ambos objetos pueden aludir a penetración, reproducción, miedo a la vagina dentata. El personaje cae de la bicicleta y muere; en el suelo se le pone cara de Buster Keaton. La mujer lo besa y dispone sus ropas sobre la cama, en un acto de adoración de la pureza.
Secuencia 6. El arrastre. El hombre avanza hacia la mujer arrastrando dos maromas que engarzan las tablas de la Ley, dos melones (Vida secreta , “Recolección de la flor de tilo”), a dos hermanos maristas (Dalí y Jaume Miravitlles, ex-alumnos de los maristas) y dos pianos con sendos burros muertos. El esfuerzo y la dificultad del arrastre simbolizan la frustración sexual, debida a religión, norma social y sentimentalismo putrefacto. No se olvide la asociación entre piano y Lorca, así como el concepto de “putrefacción” en Dalí, que apunta también al andaluz.
, y que ha sido también relacionada con el Duelo a garrotazos (1823) de Goya.
Podría entonces apuntarse que esta última escena nos está indicando que la normalidad dentro del orden (en el ámbito de las relaciones sexuales, el matrimonio), es la sepultura del amor.
























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