El texto de la semana 12 (2018/2019)


LA PASTILLA
Juan José Millás
Empecé a desconfiar de aquella pastilla de jabón al comprobar que no se gastaba con el uso.
La había comprado en la perfumería de siempre y era de la marca que suelo utilizar desde hace años.
Todo en ella parecía tan familiar que tardé dos semanas en advertir que no cambiaba de tamaño.
Pasé de la sorpresa a la preocupación cuando, tras espiar su comportamiento durante algunos días, me pareció que empezaba a a crecer.
Entretanto mis parientes y amigos empezaron a decir que me notaban más delgado.
Y era verdad, la ropa me venía ancha y las cejas se me habían juntado por efecto de un encogimiento de la piel.
Fui al médico y no me encontró nada, pero certificó que, en efecto, estaba perdiendo masa corporal.
Aquel día, mientras me lavaba las manos antes de acostarme, miré con aprensión la pastilla y comprendí de repente que se alimentaba de mi cuerpo.
La solté como si se hubiera convertido en un sapo y me metí en la cama turbado por una suerte de inquietante extrañeza.
Al día siguiente la envolví en un papel, me la llevé a la oficina y la coloqué en los lavabos.
A los pocos días vi que la gente empezaba a disminuir.
Mi jefe, que era muy menudo y tenía la costumbre de lavarse las manos cada vez que se las estrechaba una visita, desapareció del todo a los dos meses.
Le siguieron su secretaria y el contable.
En la empresa se comenta que han huido a Brasil para perpetrar algún desfalco.
La pastilla ha crecido mucho.
Cuando haya desaparecido el director general, que además de estar gordo es un cochino que se lava muy poco, la arrojaré al váter y tiraré de la cadena.
Si no se diluye por el camino, se la comerán las ratas cuando alcance las alcantarillas.
Seguro que nunca les ha llegado un objeto comestible con tanto cuerpo.

 

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El texto de la semana 11 (2018/2019)


Cuentan una deliciosa historieta de horror sobre un labriego que se adentró en un bosque encantado; según la gente, lo habitaban demonios que se llevaban consigo a cualquier mortal que osara entrar en él. Pero, mientras caminaba por el mismo con paso lento, el labriego pensaba:

—Soy un buen hombre que nada malo he hecho. Si los demonios pueden hacerme algún daño es que no existe ninguna clase de justicia.

Y en ese momento se oyó una voz que decía tras él:

—No existe.

Frederic Brown, Una voz tras él

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El texto de la semana 10 (2018/2019): En un lugar de la Mancha…


He aquí el comienzo de la más famosa obra en castellano, primera novela moderna. Os propongo un alarde de memoria. A ver quién llega más lejos…

CAPÍTULO PRIMERO
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…»

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza— sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

Si a alguien se le queda corto el texto de arriba, puede seguir aquí.

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Tato lo ha vuelto a hacer


Hace poco tuve la oportunidad de ver la representación de Todas hieren y una mata. La obra se presenta como una comedia de capa y espada y, en efecto, guarda formalmente muchas de sus características, pero va más allá. Es también una pieza contemporánea que mezcla realidad y ficción, presente y pasado, burlas y veras, teatro y metateatro. El texto, en verso, tiene la maravillosa cualidad de la belleza y el humor a que Tato nos ha acostumbrado ya.

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Merece una mención Yayo Cáceres, el director, y el fantástico elenco de actores formado por Alba Banegas, Antonio Hernández, Diego Morales, Sol López y Carlos Lorenzo.

Me compré el libro, con dedicatoria:

Autógrafo de Álvaro Tato

 

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El texto de la semana 9 (2018/2019)


Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

 

THOMAS BAILEY ALDRICH

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