Lolo


Ya sabéis que hay un miembro nuevo en mi familia. En mi manada. En mi familia. Lo que sea.

Ya rondaba la idea de buscar un hermanito para Nena, otro bicho, que la centrase para que solo pareciese a medias lo descerebrada que suele ser. Y apareció este anuncio:

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No sabía muy bien si Lolo me resultaba guapo o feo, feo o guapo, guafeo o feapo, pero veía la foto y me echaba a reír. Jo, qué pintas… Y así empezó todo.

Como el nombre nos hizo gracia, se lo dejamos. Lolo es el hipocorístico cariñoso. Cuando se porta mal lo llamo Manolo. ¡MA-NO-LO, deja eso! ¡MA-NO-LO, vale ya! ¡MA-NO-LO, siempre el último, vamos, venga! Así.  Pero es muy bueno. Y muy cariñoso. Demasiado cariñoso. Puede que no haya en esta galaxia otro perrito tan cariñoplasta como Lolo, que tiene alergia a las siestas a pesar de ser andaluz y me despierta a besos y haciéndome cosquillas con sus bigotes en la cara.

Por otra parte, es el típico perro-loro de pirata. Cuando me siento un minuto, ya lo tengo subido al hombro izquierdo diciéndome cosas al oído.

Con la Nena se lleva bien. Juegan juntos. La soporta. Se pelean por el hueso. Se alegran de verse. Juegan juntos. Soban juntos. Uno despierta al otro. Juegan juntos. Otro despierta al uno. Se pelean por el hueso. Se soportan. Se alegran de verse. Corren. Juegan. Duermen juntos. Etcétera. Cuando los veo abrazados se me cae una lagrimilla. Pobres.

 

 

Nena está un pelín celosa. Ha decidido dormir en la cunita enana que hemos comprado a Lolo. Lolo, por su parte, ocupa una porción infinitesimal de la cama de Nena. Todos contentos. ¿Quién los entiende?

 

 

La verdad es que con esa carusa y con la alegría que tiene  y la que nos da, el Lolo nos ha ganado a todos el corazón.

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La pregunta de la semana 1/2017: El club de los poetas muertos


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Robert Frost dijo: “Dos caminos divergían en un bosque y yo tomé el menos transitado. Y eso lo cambió todo”. Quiero que encuentren su propio camino, en cualquier dirección, con estilo orgulloso, con estilo tonto, como sea.

J. Keating, el profesor de la película

Me daba cierto respeto poneros una película de 1989, que además me gustó mucho cuando la vi. Me habría desilusionado que no me pareciese tan buena como entonces o todavía más que no os hubiese interesado. Menos mal que no ha sido el caso de lo uno o de lo otro.

Ya sabéis de qué va: allá por los años cincuenta del siglo XX, llega un profesor nuevo a un  estricto centro educativo privado, donde él también había estudiado. Con unos métodos muy poco convencionales, Keating trata de abrir los ojos de sus alumnos a la poesía y, a través de la palabra,  a la vida.

Creo que la película trata muy bien de algunos de los intereses propios de vuestra edad (el amor y las inseguridades que nos genera; la amistad, que debe ser leal, y la importancia del sentimiento de pertenencia a un grupo; la rebeldía frente a lo establecido; los caminos para forjar señas de identidad personales y de nuestro club de amigos; el aprecio de uno mismo, la solidaridad, la frustración, el deber, la pérdida…) y también otros intereses de la mía, a toro pasado; y a más a más, de mi profesión. Me gustaría haber tenido tiempo de haber prolongado el debate en clase. En 2º C ni siquiera fue posible empezarlo. Por eso he pensado en dejaros aquí estas líneas, y aprovechar para hacer una pregunta de la semana.

 

 

Las reuniones del club comenzaban siempre recitando unas palabras de H. D. Thoreau:

Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida, y dejar a un lado todo lo que no fuese vida, para no descubrir en el momento de mi muerte, que no había vivido.

 

Dejando de lado el final efectista (un poco a la americana, solo faltan unas barras y estrellas y el himno de fondo), la película plantea como pocas la importancia de la educación en la vida de las personas. No creo que una película –o un libro– enseñe a vivir; pero plantea las preguntas adecuadas.

El tema básico, lo que pasa por la cabeza de los personajes más jóvenes, se conoce como carpe diem. Así se enuncia, con la formulación de un poema de Horacio (un poeta latino del siglo I de nuestra era), incrustada en un par de versos que me aprendí de memoria, y decían: dum loquimur fugerit invida aetas: carpe diem quam minimum credula postero. No lo voy a traducir aquí porque la primera pregunta de hoy es: ¿qué significa carpe diem?

A ese mismo tópico responde el texto de Thoreau con que comienzan las sesiones del club y en esa línea va también el primer poema que se lee en clase con John Keating, con su más antigua expresión, la de Ausonio (collige, virgo, rosas dum flos novus et nova pubes), resonando entre sus primeros versos

To the virgins, 

to make much of time

 

Gather ye rosebuds while ye may,

Old Time is still a-flying:

And this same flower that smiles today

Tomorrow will be dying.

 The glorious lamp of heaven, the Sun,

The higher he’s a-getting

The sooner will his race be run,

And nearer he’s to setting.

That age is best which is the first,

When youth and blood are warmer;

[But being spent, the worse, and worst

Times, still succeed the former.

Then be not coy, but use your time;

And while ye may, go marry:

For having lost but once your prime,

You may forever tarry.

Robert Herrick (1591-1674)

A las vírgenes, 

para que aprovechen el tiempo

 

 

Coged las rosas mientras podáis;
veloz el tiempo vuela.
La misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta.
La gloriosa lámpara celeste, el sol,
cuanto más alto ascienda
antes llegará a su camino
y más cerca estará del ocaso.
Los primeros años son los mejores,
cuando la juventud y la sangre están más calientes;
pero consumidas, la peor, y peores tiempos
siempre sucenden a los anteriores.
Así que no seáis tímidas, aprovechad el tiempo
y mientras podáis, casaos:
pues una vez que hayáis pasado la flor de la vida
puede que esperéis para siempre

 

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Keating se subía a la mesa para recordar que las cosas pueden tener una perspectiva diferente

 

Falta otro poema. El de Walt Whitman. Ese que comienza “¡Oh Capitán! ¡mi Capitán! / nuestro viaje ha terminado”. La segunda pregunta del día, que es de las más difíciles que he inquirido, es: ¿cuál es el tema de ese poema? Relaciónalo con el personaje del profesor Keating. El que responda bien a esto en los comentarios al post le pondré dos positivos en vez de uno.

No leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana. Y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, los negocios y la ingeniería son carreras nobles y necesarias para la vida. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor… son las cosas que nos mantienen vivos.

J. Keating, el profesor de la película

 

Lo que pretende lograr el profesor con sus alumnos no es solo que lean poesía o que tengan determinados conocimientos, que también. Pretende hacerlo de una cierta manera, cosa que me importa mucho, pero el asunto de la metodología no es para este momento. Sí lo es uno de los debates enquistados en las sucesivas reformas de las leyes de educación, que, en resumidas cuentas, puede plantearse así: ¿para qué se enseña? ¿Se enseña para hacer? El hombre ha de ser productivo en esta sociedad, al fin y al cabo. ¿El aprendizaje debe ser solo útil? Y entonces… ¿para qué sirve lengua? ¡Y no digamos ya la literatura!

Lo único que tengo claro es que mi asignatura debe proporcionaros los medios para aprender a ser o para ser, simplemente. La razón por la que un cuadro o una película os conmueve, el motivo por el que un libro os pone la carne de gallina y una historia nocturna bien contada al calor de una hoguera en un campamento os da miedo, es porque conectan con lo más esencial del ser humano. Y eso es lo que quiero decir cuando me refiero a que la educación debe enseñar a ser. Porque ese es el lugar de la felicidad. Si es que tal cosa existe.

 

Thoreau dice que la mayoría de los hombres viven en desesperación silenciosa. No se resignen a ello. Libérense. No caminen por la orilla, miren a su alrededor. Atrévanse a ir lejos y encontrar nuevos terrenos.

J. Keating, el profesor de la película

 

Por cierto: la película no da pie a que nos hagamos muchas ilusiones. Y aquí aviso de que cuento el final. PELIGRO: ESPÓILER
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Ahí voy. Los dos alumnos que se oponen al sistema son destruidos: uno se suicida, a otro lo expulsan. El profesor, que lucha contra el sistema desde dentro, es expulsado, y ya veremos cómo se gana la vida después de aquello. Es verdad que algo ha removido en el interior de los alumnos, esos que se ponen de pie sobre el pupitre, pero ¿merece la pena? ¿No es mejor callarse y agachar la cabeza y aceptar las normas? Al pelirrojo, aunque estuvo en el ajo, es al que mejor le ha ido. Ni siquiera será castigado por pisar la mesa… Pensad: ¿Quién preferís ser de todos? ¿Hay un resquicio para la esperanza? (esta última pregunta es una trampa, y os lo comentaré en clase, si es que alguno de vosotros se lo ha leído todo hasta aquí y me lo recuerda).

Es el momento de la despedida, que ya está bien. El CPM tiene unos añitos, como hemos dicho. Os voy a poner unas fotillos de los protas, a ver si los reconocéis. Y a ver si adivináis los títulos de las películas o series de que se trata.

 

Eso es todo.

Leed mucho.

 

 

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Reflexión de pacotilla sobre el blog


Como todos los años por estas fechas toca rendir cuentas de las visitas del blog, más que nada para agradeceros esa especie de fidelidad, seáis quienes seáis, a todos los que no os toca sentaros en un pupitre delante de mí a diario.

Tengo el blog un poco desatendido. Estos últimos dos años me he encontrado un tanto limitado a la hora de elegir los temas que tratar o el enfoque de que dotarlos porque esta bitácora se debe, fundamentalmente, a mis estudiantes, y han sido alumnos de primero y de segundo de la ESO, el año pasado y este, respectivamente, es decir, de doce a catorce años. Es una edad muy mala, ya sabéis.

Creé Tranquilación como plataforma complementaria a las clases presenciales y después se transformó asimismo en vía para abrir el aula a los padres, a otros profesores (incluso intenté que alguno colaborase conmigo, idea que doy por definitivamente desterrada) y a todo aquel interesado que pase por aquí un minuto. He abierto incluso secciones específicas este curso, para opositores, para investigadores, etc.

No sois pocos. 175.000 visitas este año. 688.000 en total en seis años. Los números siempre me marean.

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Esas limitaciones de que hablaba (restringirme a un solo curso por año y a las edades de los chicos) no han sido las únicas que han entorpecido la marcha del blog. También he tenido menos tiempo y –lo reconozco–, a veces, menos ganas.

He tenido menos tiempo porque también me dedico a investigar. La investigación es una de las actividades más excitantes en que puede estar involucrado el ser humano. El investigador pone el pie donde nunca se ha llegado antes, como los exploradores que alcanzaron el Polo Sur o los alpinistas que hacen cima en el K-2. Tengo menos tiempo porque estoy estudiando un tema apasionante en que se cruza la literatura con la historia, y hay que leer y escribir mucho para llegar a alguna parte, a ese más allá. También tengo menos tiempo porque ostento un cargo en el centro y eso exige un volumen absurdo de papeleo que enfanga la práctica docente. Simplemente, no me da la vida, y por algún sitio debemos cortar.

Pero hay algo más que me ha conducido a dedicar menos tiempo al blog de lo que solía: una revisión de mi forma de concebir la enseñanza.

Es curioso que los profesores tengamos socialmente fama de vagos, porque no lo somos. No, en general; y yo no, en particular. Pondré dos casos: hoy estoy de vacaciones. Creo que van ya unas ocho o nueve horas de trabajo como mínimo y todo para el instituto, entre preparar entradas y actividades y algunas otras cosillas; este verano, también de vacaciones, leí doce o quince libros juveniles, seguro que alguno piensa que porque no tengo nada mejor que hacer: ¿cuánto tarda cualquiera de vosotros en leer, digamos, 100 páginas, 1.000 páginas, 2.000 páginas? Pero lo peor es que siento que esa apreciación se ha extendido últimamente a ciertas esferas de nuestro mismísimo ámbito profesional. Bueno, pues la realidad más bien está en el extremo opuesto. Y dejo como testimonio de lo que digo un post que otro profesor escribió el año pasado (y con el que me identifico bastante), que, tras publicarlo hoy en mi cuenta de Twitter, ha suscitado algún debate en el gremio: Los profesores somos un mal ejemplo.

En fin. Me costará dejar de disfrutar de esto. Pero estoy tocado.

Vale.

__________________________

P.S. (6 de enero): Sigo dándole vueltas a todo un poco a propósito de la entrada sobre El club de los poetas muertos, que pronto se publicará, y de este artículo de hoy de Manuel Rivas en El País, titulado “La erótica de la enseñanza”. Como siempre que pongo un enlace, de acuerdo con casi todo, no con todo.

P.S. del 8 de enero: Debe leerse este monumental alegato de la profesión docente de Diego Sánchez Aguilar,  suscitado por el falso debate educativo de la peor especie de nuestros políticos.

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El texto de la semana 19 /2016


Este que va debajo es el divertido comienzo de El misterio de la cripta embrujada. Es la primera novela que leí de Eduardo Mendoza, el flamante ganador del premio Cervantes, el más importante para un escritor en lengua castellana. Es una novela muy divertida, con un personaje disparatado al que conocemos en un psiquiátrico y que, sin embargo, tiene buenas –o extravagantes– dotes de investigador, por lo que será requerido por la policía para resolver algún caso complicado. De este mismo personaje se han escrito otras tres obras y en esa línea humorística, pero no exenta de crítica, algún otro título como Sin noticias de Gurb. Os lo recomiendo encarecidamente.

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Foto tomada del periódico El Español

 

HABÍAMOS SALIDO a ganar; podíamos hacerlo. La, valga la inmodestia, táctica

por mí concebida, el duro entrenamiento a que había sometido a los muchachos, la

ilusión que con amenazas les había inculcado eran otros tantos elementos a nuestro

favor. Todo iba bien; estábamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. Era una

hermosa mañana de abril, hacía sol y advertí de refilón que las moreras que bordeaban

el campo aparecían cubiertas de una pelusa amarillenta y aromática, indicio de

primavera. Y a partir de ahí todo empezó a ir mal: el cielo se nubló sin previo aviso y

Carrascosa, el de la sala trece, a quien había encomendado una defensa firme y, de

proceder, contundente, se arrojó al suelo y se puso a gritar que no quería ver sus manos

tintas de sangre humana, cosa que nadie le había pedido, y que su madre, desde el cielo,

le estaba reprochando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna

doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas,

anular el gol que acababan de meternos. Pero sabía que una vez iniciado el deterioro ya

nadie lo pararía y que nuestra suerte deportiva, por así decir, pendía de un hilo. Cuando

vi que Toñito se empeñaba en dar cabezazos al travesaño de la portería rival ciscándose

en los pases largos y, para qué negarlo, precisos, que yo le lanzaba desde medio campo,

comprendí que no había nada que hacer, que tampoco aquel año seríamos campeones.

Por eso no me importó que el doctor Chulferga, si tal era su nombre, pues nunca lo

había visto escrito y soy duro de oído, me hiciera señas de que abandonara el terreno de

juego y me reuniera con él allende la línea de demarcación para no sé qué decirme. El

doctor Chulferga era joven, bajito y cuadrado de cuerpo y se tocaba con una barba tan

espesa como el cristal de sus gafas color de caramelo. Hacía poco que había llegado de

Sudamérica y ya nadie le quería bien. Le saludé con una deferencia conducente a

disimular mi turbación.

—El doctor Sugrañes —dijo— quiere verte.

Y respondí yo para hacer la pelota:

—Será un placer —añadiendo acto seguido en vista de que la precedente

aseveración no le arrancaba una sonrisa—, si bien es verdad que el ejercicio tonifica

nuestro alterado sistema.

El doctor se limitó a dar media vuelta y a caminar a grandes zancadas […]

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