Reflexión de pacotilla sobre el blog


Como todos los años por estas fechas toca rendir cuentas de las visitas del blog, más que nada para agradeceros esa especie de fidelidad, seáis quienes seáis, a todos los que no os toca sentaros en un pupitre delante de mí a diario.

Tengo el blog un poco desatendido. Estos últimos dos años me he encontrado un tanto limitado a la hora de elegir los temas que tratar o el enfoque de que dotarlos porque esta bitácora se debe, fundamentalmente, a mis estudiantes, y han sido alumnos de primero y de segundo de la ESO, el año pasado y este, respectivamente, es decir, de doce a catorce años. Es una edad muy mala, ya sabéis.

Creé Tranquilación como plataforma complementaria a las clases presenciales y después se transformó asimismo en vía para abrir el aula a los padres, a otros profesores (incluso intenté que alguno colaborase conmigo, idea que doy por definitivamente desterrada) y a todo aquel interesado que pase por aquí un minuto. He abierto incluso secciones específicas este curso, para opositores, para investigadores, etc.

No sois pocos. 175.000 visitas este año. 688.000 en total en seis años. Los números siempre me marean.

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Esas limitaciones de que hablaba (restringirme a un solo curso por año y a las edades de los chicos) no han sido las únicas que han entorpecido la marcha del blog. También he tenido menos tiempo y –lo reconozco–, a veces, menos ganas.

He tenido menos tiempo porque también me dedico a investigar. La investigación es una de las actividades más excitantes en que puede estar involucrado el ser humano. El investigador pone el pie donde nunca se ha llegado antes, como los exploradores que alcanzaron el Polo Sur o los alpinistas que hacen cima en el K-2. Tengo menos tiempo porque estoy estudiando un tema apasionante en que se cruza la literatura con la historia, y hay que leer y escribir mucho para llegar a alguna parte, a ese más allá. También tengo menos tiempo porque ostento un cargo en el centro y eso exige un volumen absurdo de papeleo que enfanga la práctica docente. Simplemente, no me da la vida, y por algún sitio debemos cortar.

Pero hay algo más que me ha conducido a dedicar menos tiempo al blog de lo que solía: una revisión de mi forma de concebir la enseñanza.

Es curioso que los profesores tengamos socialmente fama de vagos, porque no lo somos. No, en general; y yo no, en particular. Pondré dos casos: hoy estoy de vacaciones. Creo que van ya unas ocho o nueve horas de trabajo como mínimo y todo para el instituto, entre preparar entradas y actividades y algunas otras cosillas; este verano, también de vacaciones, leí doce o quince libros juveniles, seguro que alguno piensa que porque no tengo nada mejor que hacer: ¿cuánto tarda cualquiera de vosotros en leer, digamos, 100 páginas, 1.000 páginas, 2.000 páginas? Pero lo peor es que siento que esa apreciación se ha extendido últimamente a ciertas esferas de nuestro mismísimo ámbito profesional. Bueno, pues la realidad más bien está en el extremo opuesto. Y dejo como testimonio de lo que digo un post que otro profesor escribió el año pasado (y con el que me identifico bastante), que, tras publicarlo hoy en mi cuenta de Twitter, ha suscitado algún debate en el gremio: Los profesores somos un mal ejemplo.

En fin. Me costará dejar de disfrutar de esto. Pero estoy tocado.

Vale.

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P.S. (6 de enero): Sigo dándole vueltas a todo un poco a propósito de la entrada sobre El club de los poetas muertos, que pronto se publicará, y de este artículo de hoy de Manuel Rivas en El País, titulado “La erótica de la enseñanza”. Como siempre que pongo un enlace, de acuerdo con casi todo, no con todo.

P.S. del 8 de enero: Debe leerse este monumental alegato de la profesión docente de Diego Sánchez Aguilar,  suscitado por el falso debate educativo de la peor especie de nuestros políticos.

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