Un Lope original


FUENTEOVEJUNA

La compañía de la Asociación José Estruch

La compañía de la Asociación José Estruch

El sábado pasado fui a ver Fuenteovejuna, de Lope de Vega, en magnífica versión de Rocío Bello para la Compañía José Estruch. Todos sus integrantes son personas que han terminado sus estudios dramáticos en los últimos tres años, que van haciendo currículo, adquiriendo experiencia y –supongo y espero– ganando algo de dinero por el camino en un entorno tan competitivo como el suyo.

Me gustó mucho. Me gustaron las interpretaciones (no puedo dejar de señalar las de Laurencia, papel con fama de complicado, y Fernando, el Católico, por motivos que comentaré después), la música, las transiciones, la dirección artística, el texto… Pero no se puede hablar de todo. Me voy a centrar en un aspecto muy pequeño, pero condicionante de la singularidad de esta propuesta, lo cual significa que no voy a explicar aquí y ahora la obra, que ya hablo bastante de ella en clase cuando toca.

Tomado de la página del Teatro del Bosque, de Móstoles.

Tomado de la página del Teatro del Bosque, de Móstoles.

La primera vez que aparecen en escena los Reyes Católicos se produce en un ambiente lúdico, presidido por elementos de la Commedia dell’Arte y el teatro de títeres que resultaba fuertemente discordante con la verosimilitud del resto de la pieza, verismo que comprendía desde el decorado hasta la caracterización (vestuario, maquillaje, etc.) de los personajes. No soy muy partidario de la renovación de los clásicos porque sí (hace poco he visto un Otelo en el que solo muere Desdémona en escena, ni siquiera supe que la obra había terminado cuando ya se acabó), pero la soberbia interpretación de los actores, especialmente, la de un rey Fernando amaneradísimo y pueril, salvaba los muebles por el momento. El contraste, por lo demás, entre la Corte y el campo resultaba tan acusado que no se podía pasar por alto, como tampoco la evidente ridiculización de los monarcas, que invitaba ya a interpretaciones alternativas.

1896933_10202203284618312_651957617_nTodo cobró su justo sentido más tarde, durante el juicio por el asesinato del comendador Hernán Pérez. Debo advertir que Lope es un autor que garantiza siempre el mantenimiento del statu quo en su teatro (no está el horno para bollos en el siglo XVII pues cualquier atisbo de heterodoxia se reprime con dureza) y si es verdad que la obra parece versar sobre una especie de revolución popular contra el poder (justo o injusto) del noble, no lo es menos que se recupera la situación de origen con el perdón regio y la imposición de un nuevo comendador recibidos por Fuenteovejuna con alborozo. La escena del perdón vuelve al tono delirante de las intervenciones previas de los reyes, quienes aparecen en el pueblo cordobés montados en caballitos de tiovivo; corrijo: eran unicornios, nada menos, de lleno en un ámbito de ensueño, de cuento, o no sé bien, pero de completa desarticulación de la solemnidad que les corresponde en principio. Se produce el juicio, la sumisión final del pueblo y, como conclusión, la reina Isabel da cuerda a su cetro para que los campesinos comiencen a girar como marionetas en un carrusel invisible que los atrapa y priva de voluntad, danzando en derredor de los tronos reales en el círculo infinito de una cajita de música de la que nunca podrán salir sus habitantes, como el asno de la noria.

La autora de la versión de la obra, Rocío Bello, así como su director, Pedro Casas, relataron con inteligencia su intención de poner el acento no sobre el abuso de poder por parte del noble Pérez de Guzmán, sino sobre la mansedumbre del rebaño campesino, que precisa sucesos extraordinarios y un liderazgo claro, el de la víctima, Laurencia, para sublevarse contra la injusticia, relacionando estos hechos con la época que nos ha tocado vivir. Quizá voy más allá con mi exégesis. Después de unas vueltas, Laurencia se desgaja del coro de loores y mira con perplejo abatimiento cómo sus conciudadanos siguen bailando al son que el poder marca. Laurencia, la lideresa, el motivo central del levantamiento, verso suelto hasta el último instante, repara en lo fútil de su rebelión, en que después de todo, todo ha sido nada, en el tremendo disparate poner la vida al tablero para que nada cambie. Y, si el final está previsto, ¿para qué luchar?

Pero, por otra parte, resta al menos la toma de conciencia sobre la situación, germen de la auténtica revolución, acaso aun por venir. Y la esperanza.

La compañía en el encuentro con el público

La compañía en el encuentro con el público. En el centro, de negro, Rocío Bello. A su izquierda, el director, Pedro Casas.

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