Mary Shelley y Frankenstein, primera novela de Ciencia Ficción


El Romanticismo es el primer movimiento literario plenamente moderno, pues supone una ruptura con la imitación para concebir el proceso creador como fruto del genio personal, en sentido kantiano. Es, por tanto, un periodo de exaltación de la libertad creadora. También de la libertad política, ideológica y personal.

No voy a entrar en el escándalo que generó la acusación de incesto contra Byron, que le costó el matrimonio y el destierro, pero debo advertir que los autores de este periodo son un tanto licenciosos al extender a este terreno esas ansias de libertad y esa expansión del yo. Percy Bysshe Shelley, por ejemplo, se casó con Harriet Westbrook en 1811. Poco después le propuso –sin éxito– que compatieran mesa y cama con su amigo Hogg, conforme a los principios del amor libre. Al año siguiente, se hizo vegetariano por motivos éticos (no sé cuáles pudieran ser) y publicó escritos revolucionarios que le llevaron a una huida permanente para evitar a la policía inglesa, si bien preconizaban una revolución pacífica. Recordemos que ya había sido expulsado de Oxford por un panfleto titulado “De la necesidad del ateísmo” y que había pertenecido a una sociedad secreta. Un personajazo, vamos. Y un gran poeta.

Mary Shelley, por Rothwell

Mary Shelley, por Rothwell

Un tiempo después, empezó una relación con Mary Godwin, con quien se casó en 1816 cuando ya tenían una hija, que murió por haber nacido prematuramente, al parecer. De hecho, se había fugado con ella dos años antes, cuando Mary no contaba más que dieciséis o diecisiete años. A su regreso a Inglaterra, su primera esposa, Harriet, supuestamente embarazada, se suicidó arrojándose al lago Serpentine, el que está en el centro de Hyde Park. Antes de finalizar ese mismo año, pocas semanas después de que el cuerpo de Harriet hubiese sido recuperado del agua, Percy y Mary se casaron, como decía, a fin de conseguir que la custodia de los hijos de Percy fuera dada a la nueva familia Shelley, pero en vano: los tribunales decidieron que los niños fueran entregados a unos padres adoptivos. No había otro motivo para mantener esa unión convencional, el matrimonio, en una pareja como aquella. Su relación siempre fue abierta. Percy tuvo acercamientos a otras mujeres, como Sophia Stacey, Emilia Viviani y Jane Williams. Mary, por su parte, formó vínculos amorosos entre los hombres y las mujeres de su círculo. Se sintió particularmente atraída por el revolucionario griego Alexandros Mavrokordatos y trabó una duradera amistad con la pareja de Jane y Edward Williams. De hecho, después de sufrir un aborto por el que casi muere desangrada, “Percy pasó más tiempo con Jane Williams que con su deprimida y debilitada esposa. La mayor parte de los poemas que Shelley escribió en San Terenzo estaban dedicados a Jane en lugar de a Mary” (cfr. Wikipedia). Es esta Jane de quien se sentirá años después Mary “un poco enamorada”, y quien la desilusionará por, entre otros motivos, contarle que Percy la había preferido a ella antes que a Mary, debido a los carencias de esta como esposa. En 1818 los Shelley se fueron a vivir a Italia con Lord Byron, donde tuvieron otros tres hijos, de los que solo sobrevivió el último, aunque fue una etapa que Mary recuerda como paradisíaca; en 1822 Shelley murió en un naufragio en la bahía de La Spezia, se recuperó su cadáver y más tarde se incineró en una playa cerca de Viareggio. Mary pidió a pie de pira que su corazón fuera extraído antes de la cremación y guardó el órgano del difunto hasta su propia muerte. Eso es amor. Supongo. Da un poquito de repelús, en cualquier caso.  El resto de su vida podéis leerla aquí.

Mary era hija de William, un político y economista precursor del anarquismo y del utilitarismo,  y de Mary Wollstonecraft, filósofa feminista, que murió al dar a luz. En este ambiente se educó. Y este origen y su círculo de amistades propiciaron que conociera los últimos adelantos científicos de la época no a través de una educación reglada, sino por el trato directo con algunos de sus protagonistas. Por eso no es de sorprender que reuniera una serie de conocimientos que, debidamente volcados sobre la novela que la hizo célebre, conduzcan a la duda genérica a quienes la estudian. Para unos, Frankenstein pertenece al género de terror, donde se la suele clasificar; para otros, es ciencia-ficción, como veremos. En lo que todos se hallan de acuerdo es en el singular origen de la obra.

Escena de la película Frankenstein (James Whale, 1931). En ella se escucha el famoso grito: It’s alive!

En 1815 el monte Tambora de Indonesia entró en erupción. Fue algo salvaje, según parece. El volcán inyectó tal cantidad de partículas en la atmósfera, que al año siguiente hizo frío hasta en julio, de modo que 1816 se recuerda como “el año sin verano”. Va en serio. Ese insólito verano el poeta Percy Shelley se fue a Suiza a visitar a su amigo Lord Byron, acompañado de su amante de 18 años, Mary. Encerrados en la mansión de Byron a causa del tiempo, se dedicaron (como en otros encierros forzados de la literatura, y estoy pensando en el Decamerón) a pasar el rato leyéndose cuentos en voz alta. Como eran como eran, los cuentos elegidos eran siempre de temas terroríficos, historias de fantasmas y demás. En estas, Lord Byron propuso que cada uno escribiera su propia historia de terror, basada en sus miedos ancestrales. Byron y Shelley dejaron las suyas a medias, pero Mary completó una novela, que tituló Frankenstein, o el Prometeo moderno. John W. Polidori, el médico personal de Byron, que también se encontraba allí, escribió el relato “El vampiro”, que parece un ajuste de cuentas con el Lord, entre otras cosas, por lo que puede decirse que los dos monstruos más famosos del cine de terror se crearon casi al unísono, durante los mismos días de 1816, en plena reunión de diletantes. Así la cuenta la propia Mary.

Frankenstein (Boris_Karloff)

Frankenstein (Boris_Karloff)

No os canso más. Frankenstein es una reflexión sobre el alcance de la ciencia y sobre las consecuencias de llevarla a sus límites. Siempre se reprocha al bicho que se cargue a todo el que se cruza por delante, pero no se debe perder de vista que nace con buenos sentimientos y es por el rechazo social que produce su apariencia por lo que surgen el rencor y el odio en su corazón. Pero es una reflexión sobre los límites de la ciencia porque emplea los conocimientos científicos más avanzados de su momento. De manera que puede afirmarse que

 el género de la Ciencia Ficción nació con la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, publicada en 1818. Si bien por entonces no existía un nombre para denominar a este nuevo género, importantes estudiosos consideran que esta es la verdadera primera novela de Ciencia Ficción como tal. Aunque concebida inicialmente como historia de terror —parece que Shelley se inspiró en un sueño— Frankenstein o el moderno Prometeo describe las posibles consecuencias de unos experimentos científicos que estaban muy de boga en aquellos tiempos: el galvanismo, o sea el uso de la electricidad para darle movilidad a miembros de animales muertos. La ciencia de entonces sugería que la electricidad podría terminar utilizándose algún día para revivir a los difuntos, así que la jovencísima Mary Shelley aplicó esta idea en su relato, elucubrando sobre un posible desarrollo futuro del galvanismo (hoy sabemos que su predicción no se cumplió, pero en su momento resultaba perfectamente razonable como hipótesis). El argumento de la historia se ajusta a lo que por entonces se consideraba científicamente plausible, o al menos científicamente imaginable. En Frankenstein, la ciencia y la tecnología son los desencadenantes y protagonistas de un argumento que reflexiona precisamente sobre las posibles consecuencias de su uso y abuso. La acción ya no estaba impulsada por un resorte fantástico, sino por un resorte científico. Mary Shelley había alumbrado así todo un nuevo género, pero eso no significa que ese género se estableciese de inmediato como algo extendido y popular. La eclosión definitiva de la Ciencia Ficción no se produjo hasta varias décadas después y de hecho Mary Shelley tuvo que esperar bastante más de un siglo para que los estudiosos se pusieran de acuerdo en reconocerla como la madre de todo el invento. Mientras tanto, otros se llevarían los laureles.

(E. J. Rodríguez, en Jot Down)

Frankie con su churri

Frankie con su churri

En efecto, había unos cuantos científicos en la época que procuraban aplicar los principios de esa misteriosa electricidad a la biología, y los experimentos con cadáveres se reproducían aquí y alla. La Wikipedia se explaya sobre uno de ellos en la entrada dedicada a la novela.

Respecto del personaje del doctor Frankenstein cabe señalar que una referencia fue el científico amateur Andrew Crosse. Mary Shelley conocía las actividades de Crosse, contemporáneo suyo, a través de un amigo común, el poeta Robert Southey. Andrew Crosse solía experimentar con cadáveres y electricidad (en aquel entonces una energía apenas estudiada y rodeada de un halo de misterio y omnipotencia). El 28 de diciembre de 1814 Mary asistió, junto a su esposo, a una conferencia del extravagante científico. En ella le conoció personalmente y extrajo muchos datos acerca de la forma en la que afirmaba crear vida a partir de la electricidad. En 1807, Crosse había empezado el experimento de creación de vida a partir de «electro-cristalización» de materia inanimada. El mismo año afirmó haber creado pequeñas criaturas en forma de insectos que lograban andar y desenvolverse por sí mismas: «el insecto perfecto, de pie sobre unas pocas cerdas que formaban su cola». El científico nunca llegó a explicar el supuesto fenómeno como así reconocería más adelante. En 1807 había consenso científico respecto a descartar la generación espontánea como origen de la vida, si bien la esterilización de las muestras no era una práctica extendida ni seguramente conocida por un experimentador sin formación. Muy probablemente Crosse sólo criara pequeños insectos a partir de huevos depositados en su «materia inanimada». La dura oposición a Crosse no sólo fue científica sino religiosa y optó por retirarse a la soledad de su mansión de Fyne Court. Los estamentos eclesiásticos consideraron a Crosse un ser endemoniado. Se llegó al extremo de que el reverendo Philip Smith tuvo que celebrar una serie de exorcismos en todas las propiedades de Andrew Crosse, en sus equipos de trabajo y sobre su propia persona. Crosse se volvió huraño y desconfiado, aunque continuó investigando. Sin embargo el 26 de mayo de 1855 tuvo un ataque de parálisis del que nunca se recuperó. El 6 de julio del mismo año falleció. La mansión de Fyne Court fue pasto de las llamas, y con ellas se fueron el laboratorio y los archivos del hombre que afirmó haber creado vida.

No fue el único. Siempre ha habido científicos locos. Unos, amables y graciosos. Otros, el origen de un relato de terror. ¿Quién puede olvidar Re-animator (que sustituye la electricidad por el nanoplasma para dar vida a los muertos)? Mi último hallazgo en esta dirección es The human centipede, película gore, desagradable de ver para estómagos delicados y no apta para menores de 18 años. El experimento de crear una especie de siamés a partir de dos o más seres vivos (perros de dos cabezas, pongo por caso) también se ensayaba en la época de nuestra autora y está en la base de la unión de piezas procedentes de cadáveres diversos para formar un cuerpo que animar. Recientemente, algo parecido sucedía en la tercera temporada de American Horror Story, con consecuencias inesperadas. Termino, que va largo, con una sugerencia para los aficionados: el imprescindible libro de Koestler, The act of creation (1977), en el que encontrará un perfil de este prototipo del científico loco, que no le dejará indiferente.

La película Frankenstein, de 1910. Dirigida por J. Searle Dawley

Aquí podéis confirmar vuestra sospecha de que igual se ha hecho alguna que otra peli basada en la novelita de Mary. La que ha liado, madre. Echad un vistazo a esto (Kiko Veneno y Alaska: “Me siento tan feliz”, en La bola de cristal). Aviso. Es muy fuerte.

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