Otro bonito palabro: El presunteo


La Constitución dice dentro del Título I (“De los derechos y deberes fundamentales”), en el Capítulo segundo, dedicado a “Derechos y libertades”, concretamente en la Sección 1ª, sobre “De los derechos fundamentales y de las libertades públicas”, esto:

Artículo 24

    1. Todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los jueces y tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que, en ningún caso, pueda producirse indefensión.

    2. Asimismo, todos tienen derecho al Juez ordinario predeterminado por la ley, a la defensa y a la asistencia de letrado, a ser informados de la acusación formulada contra ellos, a un proceso público sin dilaciones indebidas y con todas las garantías, a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia.
      La ley regulará los casos en que, por razón de parentesco o de secreto profesional, no se estará obligado a declarar sobre hechos presuntamente delictivos.

Vale. La presunción de inocencia implica que cualquier persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario, o sea, que es culpable.

Sin embargo, a raíz de ciertas demandas millonarias provocadas por la vulneración del honor de las personas al ser consideradas delincuentes antes de que un juez lo determinase, se instaló por todas partes lo que he venido a denominar presunteo o, si se prefiere, supuestismo. Esta actividad implica la necesidad del periodista de atribuir carácter de presunta o de supuesta a la realidad que pueda ocasionar por el motivo que sea perder una demanda judicial. Y así hemos podido escuchar durante años expresiones como “presunto asesino”, “presunto homicidio” e incluso “presunto cadáver”. Se puede estar vivo o muerto, pero es difícil aceptar que estemos presuntamente vivos, salvo prueba en contrario, y más aún que después de cinco tiros estemos presuntamente muertos. Que le pregunten a Chuck Norris.

Pero todo eso se dice, como se puede constatar en el Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. <http://www.rae.es&gt; [11/10/2013]: 

A sus pies estaba su acta de levantamiento del cadáver […] Se anotaba en las”Observaciones” que el presunto cadáver llevaba en el bolsillo del pantalón el número de un presunto teléfono: el mío, al que me llamaron (Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, Alfaguara, 1999)

No obstante, lo que se presume no es la culpabilidad ni la delincuencia ni el carácter homicida de la persona incriminada, y mucho menos su muerte, su óbito o deceso, sino su inocencia, al menos en nuestro ordenamiento jurídico. No lo puedo explicar mejor que el autor del fragmento que dispongo a continuación, tomado de El País:

Pero las impericias técnicas y gramaticales de la defensa letrada del PP, que han dado lugar al varapalo judicial, serían mera anécdota si no fuera por los daños que esta instrumentalización política de la justicia ha originado […] La calificación de “corruptos” a los magistrados y de “presunto delincuente” al presidente de la Sala, desde la gravedad e inoportunidad -ahora se ha visto que, además, falsedad- que entrañan, supone una imputación inaceptable en un régimen democrático: se es delincuente o no se es, no hay delincuentes “presuntos”, sino delincuentes “convictos” o, en su caso, inocentes amparados por la única presunción constitucionalmente relevante al respecto: la de inocencia, que además supone que la carga de probar el delito corresponde a quien lo imputa, así como las eventuales consecuencias penales derivadas de la falsedad de la imputación.

El País, 04/09/1997

Otra cosa bien distinta es el uso estilístico e inesperado del sintagma en casos como este de la novela Madera de héroe, de Miguel Delibes, donde el autor emplea el hallazgo justamente para producir sorpresa al resolver la antinomia:

Los muchachos volvían a empujarse, codeaban, apechugaban, voceaban, maldecían, y, de cuando en cuando, alguno desengañado ya tras el inútil examen de la lista, se abría paso entre el tumulto y desaparecía sollozando por la primera escotilla o se acodaba en la borda, en el cachete, la cabeza entre las manos, mirando la ciudad con ojos hueros, consternado, en tanto otros, los menos, brincaban atolondrados en las primeras filas, riendo y llorando, pronunciando una y otra vez el nombre amado, haciendo partícipes, a voces, de la grata nueva a los que aún no alcanzaban a ver la relación: el presunto muerto estaba vivo.

Miguel Delibes, Madera de héroe, Destino (Barcelona), 1994.

El uso y abuso estilístico o pedestre del supuestismo ha traspuesto todos los umbrales. Son las acciones las que se pueden presuponer jurídicamente hablando, pero están tan cargados de demandas los tertulianos del corazón por insultar a los famosos y famosetes de distinto pelaje que, en un acto de cordura –el único de su vida pública, quizá– han decidido ahorrarse unos euros ofendiendo solo de manera interpuesta a través de un presunto, y por ese camino hemos podido escuchar en Telecinco un tremendo “presunto gilipollas”, y se aconsejan unos a otros continuamente “di presunto, di presunto“, cuando están contando cualquier barbaridad.

Mila y Belén, dos iconos televisivos. Tomada de Fórmula TV

Mila y Belén, dos iconos televisivos. Tomada de Fórmula TV

Por ejemplo, Mila Ximénez perdió un juicio con una muy conocida tonadillera: De hecho, lo tenía claro y

ha dicho que no piensa pagar los 300.000 euros que le piden de fianza para no ir a la cárcel, tras la demanda interpuesta contra ella por Isabel Pantoja por haberla llamado “rara, siniestra, oscura y depredadora” (Fuente: “Mila Ximénez y el trullo”, 2006).

Debería haber dicho que era “supuestamente rara, presuntamente siniestra, presuntamente oscura y presuntamente depredadora”. Según todos los indicios, al juez le habría bastado que intercalase esa palabra para descartar la demanda en su contra. También es verdad que nos habría privado de ver en acción la ironía viperina de esta periodista que, después de aquello, cada vez que mencionaba el nombre de la cantante, como movida por un resorte de sarcasmo, pronunciaba delectándose en cada sílaba el adjetivo GUA-PA. “Porque tú, Isabel, GUA-PA…”, y así.

Luego nos ahogamos en el mar del presuntismo. Y estoy de acuerdo en que se tomen precauciones, en el telediario, por ejemplo, con la caracterización de los protagonistas de las noticias, y no se diga que “fulano de tal es un maltratador” o “un asesino”, pero si una mujer ha muerto, pongamos, a golpes y puñaladas, eso no es “presunto maltrato”, porque uno no se va clavando un cuchillo en repetidas ocasiones mientras cae por las escaleras para darle el capricho a su cónyuge: Eso es maltrato; eso es un asesinato.

Espero que después de lo dicho, aprendáis a usar presunto o presuntamente de manera responsable para poder llamar al pan, pan, y al vino, vino. El lenguaje sirve tanto para decir como para ocultar, tanto para comunicarse, como para mentir y confundir. Para todo eso sirve. También hay usos, como este, que previenen de posibles demandas, por lo que ha perdido cualquier atisbo de sentido; pero lo peor es que se percibe el contagio absurdo de la calle, que sigue el patrón reconocible de los medios de comunicación. Tampoco me extraña: Con la nueva Ley de seguridad ciudadana, la “Ley Fernández”, un tuit puede llevarlo a uno a sanciones gravísimas. Esa ley opresora, dicho sea presuntamente. 

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