La noria en El primer hombre


Cuando en 1960 Albert Camus falleció a causa de un accidente automovilístico solo supimos que llevaba un manuscrito de su próxima, pero al fin última obra inacabada, El primer hombre. Fue necesario esperar más de treinta años a que su hija facilitase el manuscrito y se imprimiese, incompleto como estaba, este texto de gran belleza e indiscutibles tintes autobiográficos.

La historia de la infancia del protagonista transcurre entre la pobreza absoluta y la incierta esperanza que concede la oportunidad de estudiar. Él es el primer hombre, y no su padre fallecido hace tanto y tan lejos, y completamente ajeno y desconocido. Ese padre más joven que el descendiente que visita su tumba no va más allá de estímulo inicial y descriptivo del hijo, terminada su formación, como lo es el funeral de la madre en El extranjero, con el que tantas similitudes observo y del que tanto se diferencia al mismo tiempo. La forma definitiva del libro iba a ser, sin duda, muy distante de la búsqueda del real en la letrina por parte de la abuela, seguramente habría pasado a primer plano el terrorismo, pero no ha subsistido más que la primera parte de la obra, así como algunos apuntes no exentos de interés puesto que nos permiten atisbar el proceso de creación de un novelista, que dejan entrever la dirección que he señalado.

Entre las anotaciones, un documento excepcional, no dejan de sorprender los apuntes que señalan fragmentos ya terminados e incorporados a la obra, que nos enseñan el proceso completo de la creación de Camus; otros que aspiran a modificar en algún sentido secuencias enteras, como aquella nota que se refiere a la reconstrucción de un hecho pero con el vocabulario de la madre, una mujer sorda sin cultura, que alcanza no más de cuatrocientas palabras, pasaje que me habría entusiasmado poder leer; o, entre otras muchas muestras concretas de gran interés, esta que destaco aquí:

Empezar la última parte con esta imagen:

el asno ciego que pacientemente, durante años, da vueltas en la noria, soportando los golpes, la naturaleza feroz, el sol, las moscas, siempre soportando, y de esa lenta marcha en círculo, aparentemente estéril, monótona, dolorosa, el agua brota infatigablemente…

Curiosa fascinación la que ejerce el asno ligado a la noria –otra tarea eterna, otra especie de Sísifo– sobre escritores que admiro. Cómo no recordar a Antonio Machado:

La noria

La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!…
Mas sé que fue un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.

 
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