Presentación de las Vanguardias II: Diálogos de Lorca


Completamos la sesión con unos diálogos “profundísimos, de puro superficiales”, de Federico García Lorca, el tercero en discordia. La labor de zapa de Buñuel ha apartado a Dalí de Federico. Lorca ha pasado unos días en Cadaqués que, vagamente, sobre sus recuerdos de infancia, impregnan el primero de los diálogos que presento, en el que también incide el cuadro de Salvador “Venus y el marinero”. El segundo, que anuncia el universalismo de sus comedias irrepresentables, entre otros aspectos de la futura obra lorquiana, viene ilustrado con un collage de Dalí titulado “La boda de Buster Keaton”. Para quienes no conocéis al actor, que tanto influyó en los poetas del 27 –pienso, por ejemplo, en Alberti (y su “Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca”, de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, 1929)–, enlazo un vídeo de escenas selectas, pero recomiendo que os acerquéis a él con más detenimiento.

Federico García Lorca: Diálogos

La doncella, el marinero y el estudiante

Balcón.

VIEJA. (En la calle.) Caracoleeees: Se guisan con hierbabuena, azafrán y hojas de laurel. DONCELLA. Caracolitos del campo. Parecen amontonados en la cesta de una antigua ciudad de la China.

VIEJA. Esta vieja los vende. Son grandes y oscuros. Cuatro de ellos pueden con una culebra. ¡Qué caracoles! Dios mío ¡qué caracoles!

DONCELLA. Déjame que borde. Mis almohadas no tienen iniciales y esto me da mucho miedo. Porque ¿qué muchachilla en el mundo no tiene marcada su ropa? VIEJA. ¿Cómo es tu gracia?

DONCELLA. Yo bordo en mis ropas todo el alfabeto.

VIEJA. ¿Para qué?

DONCELLA. Para que el hombre que esté conmigo me llame de la manera que guste. VIEJA. (Triste.) Entonces eres una sinvergüenza.

DONCELLA. (Bajando los ojos.) Sí.

VIEJA. ¿Te llamarás María, Rosa, Trinidad, Segismunda?

DONCELLA. Y más, y más:

VIEJA. ¿Eustaquia? ¿Dorotea? ¿Genara?

DONCELLA. Y más, más, más…

 (La Doncella eleva las palmas de sus manos palidecidas por el insómnio de las sedas y los marcadores. La Vieja huye arrimada a la pared, hacia su Siberia de trapos oscuros donde agoniza la cesta llena de mendrugos de pan.)

DONCELLA. A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, Ñ. Ya está bien. Voy a cerrar el balcón. Detrás de los cristales, seguiré bordando. (Pausa.)

LA MADRE. (Dentro.) Hija, hija, ¿estás llorando?

DONCELLA. No. Es que empieza a llover.

(Una canoa automóvil llena de banderas azules, cruza la bahía dejando atrás su canto tartamudo. La lluvia pone a la ciudad un birrete de doctor en Letras. En las tabernas del puerto comienza el gran carrousel de los marineros borrachos.)

DONCELLA. (Cantando.)

A, B, C, D.

¿Con qué letra me quedaré?

Marinero empieza con M,

y estudiante empieza con E.

A, B, C, D.

MARINERO. (Entrando.) Yo.

DONCELLA. Tú.

MARINERO. (Triste.) Poca cosa es un barco.

DONCELLA. Le pondré banderas y luces.

MARINERO. Si el capitán quiere. (Pausa.)

DONCELLA. (Afligida.) ¡Poca cosa es un barco!

MARINERO. Lo llenaré de puntillas bordadas.

DONCELLA. Si mi madre me deja.

MARINERO. Ponte de pie.

DONCELLA. ¿Para qué?

MARINERO. Para verte.

DONCELLA. (Se levanta.) Ya estoy.

MARINERO. ¡Qué hermosos muslos tienes!

DONCELLA. De niña monté en bicicleta.

MARINERO. Yo en un delfín.

DONCELLA. También eres hermoso.

MARINERO. Cuando estoy desnudo.

DONCELLA. ¿Qué sabes hacer?

MARINERO. Remar.

(El Marinero toca el acordeón polvoriento y cansado como un siglo VII.)

ESTUDIANTE. (Entrando.) Va demasiado deprisa.

DONCELLA. ¿Quién va deprisa?

ESTUDIANTE. El siglo.

DONCELLA. Estás azorado.

ESTUDIANTE. Es qué huyo…

DONCELLA. ¿De quién?

ESTUDIANTE. Del año que viene.

DONCELLA. ¿No has visto mi cara?

ESTUDIANTE. Por eso me paro.

DONCELLA. No eres moreno.

ESTUDIANTE. Es que vivo de noche.

DONCELLA. ¿Qué quieres?

ESTUDIANTE. Dame agua.

DONCELLA. No tenemos aljibe.

ESTUDIANTE. ¡Pues yo me muero de sed!

DONCELLA. Te daré leche de mis senos.

ESTUDIANTE. (Encendido.) Endulza mi boca.

DONCELLA. Pero soy doncella.

ESTUDIANTE. Si me echas una escala viviré esta noche contigo.

DONCELLA. Eres blanco y estarás muy frío.

ESTUDIANTE. Tengo mucha fuerza en los brazos.

DONCELLA. Yo te dejaría si mi madre quisiera.

ESTUDIANTE. Anda…

DONCELLA. No…

ESTUDIANTE. ¿Y por qué no?

DONCELLA. Pues porque no…

ESTUDIANTE. Pe-pe. Anda…

DONCELLA. Pe-pe-pe. No.

GALLO. Quiquiriqui.

(Alrededor de la luna, gira una rueda de bergantines oscuros. Tres sirenas chapoteando en las olas, engañan a los carabineros del acantilado. La Doncella en su balcón piensa dar un salto desde la letra Z y lanzarse al abismo. Emilio Prados y Manolito Altolaguirre, enharinados por el miedo del mar, la quitan suavemente de la baranda.)

 

El paseo de Buster Keaton 


(Sale Buster Keaton con sus cuatro hijos de la mano.)

BUSTER K. ¡Pobres hijitos míos!

(Saca un puñal de madera y los mata.)

GALLO. Quiquiriquí. BUSTER K. (Contando los cuerpos en tierra.) Uno, dos, tres y cuatro.

(Coge una bicicleta y se va. Entre las viejas llantas de goma y bidones de gasolina, un negro come su sombrero de paja.)

BUSTER K. ¡Qué hermosa tarde!

(Un loro revolotea en el cielo neutro.)

BUSTER K. Da gusto pasear en bicicleta. EL BÚHO. Chirri, chirri, chirri, chi. BUSTER K. ¡Qué bien cantan los pajarillos! EL BÚHO. Chirrrrrrrrrrrr.

BUSTER K. Es emocionante. (Pausa.)

(Buster Keaton cruza inefable los juncos y el campillo de centeno. El paisaje se achica entre las ruedas de la máquina. La bicicleta tiene una sola dimensión. Puede entrar en los libros y tenderse en el horno de pan. La bicicleta de Buster Keaton no tiene el sillón de caramelo, ni los pedales de azúcar, como quisieran los hombres malos. Es una bicicleta como todas, pero la única empapada de inocencia. Adán y Eva correrían asustados si vieran un vaso lleno de agua, y acariciarían en cambio la bicicleta de Keaton.)

BUSTER K. ¡Ay amor, amor!

(Buster Keaton cae al suelo. La bicicleta se le escapa. Corre detrás de dos grandes mariposas grises. Va como loca, a medio milímetro del sueño.)

BUSTER K. (Levantándose.) No quiero decir nada. ¿Qué voy a decir?

UNA VOZ. Tonto.

BUSTER K. Bueno. (Sigue andando.)

(Sus ojos infinitos y tristes como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda. Sus ojos que son de culo de vaso. Sus ojos de niño tonto. Que son feísimos. Que son bellísimos. Sus ojos de avestruz. Sus ojos huma- nos en el equilibrio seguro de la melancolía. A lo lejos se ve Filadelfia. Los habitantes de esta urbe ya saben que el viejo poema de la máquina Singer puede circular entre las grandes rosas de los invernaderos, aunque no podrán comprender nunca qué sutílisima diferencia poética existe entre una taza de té caliente y otra taza de té frío. A lo lejos, brilla Filadelfia.)

BUSTER K. Esto es un jardín.

(Una Americana con los ojos de celuloide viene por la hierba.)

AMERICANA. Buenas tardes.

(Buster Keaton sonríe y mira en gros plan los zapatos de la dama. ¡Oh qué zapatos! No debemos admitir esos zapatos. Se necesitan las pieles de tres cocodrilos para hacerlos.)

BUSTER K. Yo quisiera…

AMERICANA. ¿Tiene usted una espada adornada con hoja de mirto?

(Buster Keaton se encoge de hombros y levanta el pie derecho.)

AMERICANA. ¿Tiene usted un anillo con la piedra envenenada?

(Buster Keaton cierra lentamente los ojos y levanta el pie izquierdo.)

AMERICANA. ¿Pues entonces…?

(Cuatro serafines con las alas de gasa celeste, bailan entre las flores. Las señoritas de la ciudad tocan el piano como si montaran en bicicleta. El vals, la luna y las canoas, estremecen el precioso corazón de nuestro amigo. Con gran sorpresa de todos el otoño ha invadido el jardín, como el agua al geométrico terrón de azúcar.)

BUSTER K. (Suspirando.) Quisiera ser un cisne. Pero no puedo aunque quisiera. Porque ¿dónde dejaría mi sombrero? ¿dónde mi cuello de pajaritas y mi corbata de moaré? ¡Qué desgracia!

(Una Joven, cintura de avispa y alto cucuné, viene montada en bicicleta. Tiene cabeza de ruiseñor.)

JOVEN. ¿A quién tengo el honor de saludar? BUSTER K. (Con una reverencia.) A Buster Keaton.

(La joven se desmaya y cae de la bicicleta. Sus piernas a listas tiemblan en el césped como dos cebras agonizantes. Un gramófono decía en mil espectáculos a la vez: «En América, no hay ruiseñores».)

BUSTER K. (Arrodillándose.) Señorita Eleonora, ¡perdóneme que yo no he sido! ¡Señorita! (Bajo.) ¡Señorita! (Más bajo.) ¡Señorita! (La besa.)

(En el horizonte de Filadelfia luce la estrella rutilante de los policías.)

Puerta.

Aquí los tenéis en PDF

Y aquí una representación de “El paseo”:

Para los que no conocéis a Buster Keaton, he aquí la muestra anunciada de su quehacer:

No me resisto a decir unas palabras sobre “El paseo de Buster Keaton”:

En primer lugar, manifiesta ya el conflicto de su teatro imposible, entre Naturaleza y Civilización. El tratamiento de los motivos, aunque influido por Freud y por técnicas surrealistas, nunca aparta la mano consciente a la hora de experimentar oníricamente con imágenes, por lo que no se trata de distorsiones incomprensibles, inconexas, sino tamizadas por la razón y el arte del poeta. Así, con la expresión más llana, puede cargar de sentido un mundo desconcertante capaz de conmocionar al lector.

El asesinato de los hijos, asépticamente descrito, supone la destrucción de la inocencia original por parte del representante de la civilización occidental, para contrastar, a continuación, con la Naturaleza, el gallo.

De inmediato, la bicicleta de B.K. rompe las leyes de la Física y se transforma en ente unidimensional, como venía haciendo Matisse (“La Dessert rouge”).  Todo ello unido a la parodia y al juego dadaísta.

Finalmente, el “desmayo” por impresión de la Joven se superpone al reconocimiento de B. K. de su personalidad. Si poco antes lo hemos visto dudar de su identidad ante las insinuaciones de la Americana, ahora está seguro de quién es:  un famoso actor, un mito de Hoollywood capaz de estremecer los corazones de su público. De esta manera, Keaton no puede impedir ser el prisionero de la imagen que de él se tiene, y acomoda su comportamiento a la mirada del otro, por lo que de representar ser lo que no era, un navegante, un marinero, un alcohólico o un asesino, pasa a convertirse en el esperado actor cómico que siempre fue.

Fuentes para Presentación de las Vanguardias I y II: Youtube; Luis Buñuel, Mi último suspiro (Plaza & Janés, 1996); Salvador Dalí, Vida secreta (1942); Ian Gibson, Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, (Plaza y Janés, 1998); Gilles Néret, Dalí (Taschen, 2002); F. García Lorca, Teatro completo II (ed. M. García-Posada, Random House Mondadori, 2004); Julio Huélamo, Claves interpretativas de Así que pasen cinco años de Federico García Lorca (UAM, Memoria de licenciatura, 1981); Morris, Surrealismo y España (Espasa-Calpe, 2000); Guillermo Carnero, “Un perro andaluz, de Dalí y Buñuel, y Viaje a la luna de García Lorca” (Arte y Parte nº 56, abril-mayo 2005). 

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