Su majestad escoja


Cuentan que Quevedo apostó a que era capaz de decirle a la reina Mariana de Austria (segunda esposa de Felipe IV) que era renca, sin que la susodicha se enterara y ofendiera y le recitó esto:

Entre el clavel blanco y la rosa roja,

Su majestad escoja

O sea, es-coja. Como veis, don Francisco se vale del calambur para, entre burlas, decir y no decir, criticar escondiendo la mano que ha lanzado la piedra. Góngora era otro maestro del arte del insulto lingüístico. Que se lo digan a Lope, al que dedicó aquello de “A este Lopico, lo pico”. Pero mi favorito es un fragmento de una letrilla titulada “Dineros son calidad”, de 1601:

Cruzados hacen cruzados,

escudos pintan escudos,

y tahúres muy desnudos

con dados ganan condados;

ducados dejan ducados,

y coronas majestad:

verdad.

Tened en cuenta que se basa no solo en el calambur condados / con dados, sino en la polisemia de las palabras cruzados, escudos, ducados y coronas, todas ellas monedas de la época de diferente valor. Esta figura se llama antanaclasis (el poeta repite la palabra otorgándole dos sentidos distintos). La crítica de la nobleza es durísima, como se puede observar, y no deja títere con cabeza.

En lo ordinario cae nuestro Quevedo aquí, tratando de la boda de dos esclavos, como muestra de la polaridad del Barroco, entre lo cultísimo y lo soez: Ella esclava y él esclavo que quiere hincársele en medio. / Ella esclava y él es clavo que quiere hincársele en medio. El lenguaje más o menos malsonante fue protagonista también de una famosa campaña de publicidad ideada por Blanca Gomará, de la agencia Publicis. Siempre han declarado que el calambur se debía a mera coincidencia. Lo anoto, sin más explicación: Telemadrid, espejo de lo que somos. / Telemadrid, “Espe” jode lo que somos.

Algún desaprensivo encontró también un calambur en el inicio de una maravillosa égloga garcilasiana: El dulce lamentar de dos pastores… / El dulce lamen tarde dos pastores. Todavía no me he repuesto del impacto y no puedo evitar hacer las dos lecturas simultáneamente, maldita sea su estampa, hasta que el poema me absorbe. Pero el ejemplo nos sirve para señalar que no siempre tiene el calambur por finalidad convertirse en un dardo arrojadizo más allá de lo banal. A veces, por tanto, no pasa de su carácter lúdico, como en este poema para seseantes de Fabio Cohene:

Asesinada
¡A Ceci nada!
A cecina, da
As es y nada
¡Haz hez y nada!
Ase, sí, nada
Asé, sí, nada
Ase sin hada
Asé sin hada
Ase sin Ada
Asé sin Ada
Hace, sí, nada
Hace sin hada
Hace sin Ada
Ases y nada
Haces y nada
Asesina da

O, por supuesto, en las archisabidas adivinanzas del tipo Oro parece, plata no es, ¿qué es?:

  • No pienses en otras cosas, que las tienes en el mar, o las ves llegar furiosas, o las ves mansas llegar.
  • Este banco está ocupado por un padre y un hijo. El padre se llama Juan. El hijo ya te lo he dicho.
  • La mujer del quesero, ¿qué será?

 Tenéis muchas más en la Wikipedia. Disfrutadlas.

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2 respuestas a Su majestad escoja

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