El autor del Lazarillo


Le han salido muchas novias al Lazarillo desde que se publicó a mediados del siglo XVI, como habéis puesto de manifiesto algunos de vosotros al responder “La pregunta de la semana” de hace no demasiado. Lo cierto es que, hoy por hoy, seguimos sin saber quién escribió esa obra, un texto que cambió el rumbo de la narrativa y que condujo, vía Cervantes, a la novela moderna.

Cualquier acercamiento a la declaración de una autoría para el Lazarillo como, en general, para cualquier otra obra anónima, debe estar presidido por la cautela y teñido de no poco escepticismo. Voy a daros alguna muestra de los intentos más recientes que se han efectuado  (del año 2000 para acá), para que os hagáis una idea, llegando un poco más allá de lo que aparece en la Wikipedia pues, para bien o para mal, algo he leído sobre el asunto.

Por una parte, se os quedó fuera de vuestras respuestas la asignación de la obra a Juan Luis Vives que Francisco Calero lleva unos años tratando de demostrar sobre criterios lingüísticos. Nunca me pareció demasiado convincente porque en el fondo Vives es padre de todos los demás y no resulta extraña su influencia en la obrita picaresca. Sin embargo, tengo pendiente revisar sus datos después de que se me indicara que la presencia del humanista procede también de sus textos en castellano, que no conozco. De todas formas, se le va la mano, porque arguye que el citado autor lo es además del Diálogo de Mercurio y Carón, del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma y del Diálogo de la lengua. También escribió, según él, el Diálogo de doctrina cristiana, publicado anónimamente en 1529. No es poca cosa, entre otros motivos porque los dos primeros están atribuidos a Alfonso de Valdés, el tercero a su hermano Juan y el último motivó que este tuviera que huir de España. En fin.
Podéis leer en internet su opinión en alguno de sus artículos. Por ejemplo, en estos, Artículo 1 de Calero. Artículo 2 de Calero.

Hace no muchos años, la profesora Rosa Navarro Durán señaló a uno de los hermanos Valdés, ambos del círculo erasmista al que pertenece la obra. En concreto, designó a Alfonso como autor e incluso editó el Lazarillo con ese nombre en la portada. En su momento, me interesó la cuestión porque devolvía a primer plano la figura que Morel-Fatio había indicado hace más de un siglo y creí que propondría nuevas pruebas. Su erudita lectura tiene algunas fallas más que conocidas. La primera, las dificultades de concordancia temporal que producen las dos alusiones históricas que aparecen en la obra del pícaro. Me refiero a la expedición de los de Gelves y a la entrada de Carlos V en Toledo, durante las cortes. Aunque existen dos posibilidades, ya os daré los argumentos de Francisco Rico para ubicar la obra cerca de los años 50 del siglo XVI y no en los 20, en clase. Hay un pequeño inconveniente entonces: Alfonso de Valdés murió en 1532. Por otra parte, sus argumentos se fundan en la comparación de las fuentes de las obras de Valdés y de las fuentes del Lazarillo. Por una especie de propiedad transitiva, deduce que si las fuentes de uno y otro autor son las mismas, es porque el autor es el mismo; pero su argumento adolece de la ausencia del cotejo directo de las obras de Alfonso con la nuestra y, no nos engañemos, media un abismo entre el Diálogo de Mercurio y Carón y el Lazarillo. Además, la profesora proponía una curiosa lectura del prólogo estableciendo el marco del enunciado. A su juicio, por motivos que no son de este lugar, Lázaro responde contando su vida a la pregunta de una dama prudente que, consciente de la profesión de pregonero de este, se interesa por el “caso”, es decir, por las hablillas que corren en Toledo acerca del amancebamiento de su mujer con el Arcipreste, en el trance de decidir si se confiesa con esta figura eclesiástica o no, ya que su secreto de confesión puede verse en peligro. Hallaréis una refutación de los argumentos de Rosa Navarro en esta página.

Quien sí se ha molestado en cotejar directamente el Lazarillo con las obras del autor que propone es José Luis Madrigal. Su método, por él mismo divulgado, consiste en rastrear expresiones de nuestra obra en otras coetáneas por procedimientos de búsqueda informáticos dirigidos por la crítica textual. Sus primeras conclusiones determinaban la autoría de Cervantes de Salazar, autor de la Crónica de la Nueva España. Por diversas razones, incluidos los vínculos que algunos observaban con el presunto autor de la segunda parte de la obra, me agradaba su paternidad. Sin embargo, en un ejercicio de honestidad sin parangón, José Luis Madrigal se retractó puesto que, al añadir un importante número de obras a su corpus de trabajo, el mejor situado era Arce de Otálora, autor de los Coloquios de Pinciano y Palatino, un plomo consistente. Aunque a este carro se han subido otros, Otálora me convence menos, a pesar del imperfecto anagrama con su nombre que Madrigal esgrime como argumento adicional: Lázaro de Tormes – Ms. Arze de Otálora (ya le había guiado de manera semejante el nombre de Salazar = Sa-Lazarus, con que vio firmados unos diálogos publicados en México en 1554). Podéis investigar los entresijos de este procedimiento abierto ya a cualquiera aquí. De hecho, yo mismo me entretuve una tarde en verificar estos argumentos con algunos términos peculiares puesto que son los más caracterizadores, como afirma el propio Madrigal y la Crítica textual, y el resultado aproximaba la obra más al primero que al segundo. Recuerdo uno de los que utilicé, todavía más desorientador, y os doy una primicia: se trata de “brizar”. Es una palabra rara, sí, lo sé, y además no la encontraréis en vuestras ediciones del Lazarillo. Me explico, y aquí abro un paréntesis para que los menos pacientes deis un salto y leáis solo a partir de la próxima imagen: Hay un momento en el principio de la obra en que Lázaro, de niño, está con su hermanito y dice el texto:

De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre […]

No sé si percibís lo extraña que resulta la imagen. Eso de brincar al niño para calentarlo. Se ha dudado desde el primer momento de esa lectura, hasta el punto de que ha habido discrepancias entre las diferentes ediciones de la obra. Unas veces se ponía “callentar”, es decir, calentar, como acabáis de leer, otras, “acallar”, como López de Velasco, de quien ya hablaré, «ya que el brincar a los niños, o mecerles rítmicamente en los brazos, o acunarles, es cosa que se hace para que callen, y no para calentarles», dice José Caso, un estudioso que también ha editado el texto en tiempos modernos. Quien mantiene “calentar”, como Francisco Rico, acude a Covarrubias, fuente primordial de explicación de vocabulario de su tiempo, quien asegura que “las madres, para regalar a sus niños tiernos, suelen ponerlos sobre sus rodillas y levantarlos en alto, y esto llaman brincarlos” (cito por la edición que he enlazado y por otros lugares en que he leído exactamente eso en la confianza de que la definición es correcta, pero lo cierto es que mi consulta en línea del Tesoro de la Lengua Castellana, que acabo de añadir a las “Direcciones útiles”, no arroja nada parecido en la entrada “Brincar”). Hay hasta quien piensa que convendría corregir en un hipotético “acallantar”, fruto de la combinación de ambos términos por contaminación de formas y que está documentada –puede consultarse el CORDE– en el siglo xv, en las Etimologías romanceadas de San Isidoro, editadas en 1983 por J. González Cuenca. Yo aceptaría “acallar”, por estas y otras razones, pero el pasaje no ha dejado tranquila a Rosa Navarro, a quien ya conocéis, ni siquiera con esa modificación. En un extraordinario artículo que vio la luz en la revista Edad de Oro (2009), una de las publicaciones científicas más prestigiosas sobre la literatura de esa época, demostró que el término “brincar” estaba fuera de lugar, incluso siendo piadosos en su interpretación. Encontró esta investigadora un texto de resuelta similitud. Se puede leer en la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1542), de Sancho Muñón: “cuando era niña, yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba […]” El trebejo, acallar y brizar en la misma secuencia, no se pierda de vista.

“Brizar” significa lo mismo que mecer. De hecho, “brizo” es la cuna. El término, aún se emplea en la zona de Salamanca si bien de manera cada vez menos usual, aunque los diccionarios, el de Autoridades inclusive, lo anotan como arcaísmo.

Para mí es indudable que el pequeño Lázaro no tiraba al aire a su hermano para calentarlo, sino que lo acunaba y mecía para acallarlo, estampa que se aviene mejor a la ternura que comunica todo el fragmento.

Así las cosas, empleé “brizar” y “brizaba” como términos capaces de discernir por su extrañeza la autoría del texto. El resultado no apuntaba a Cervantes de Salazar, ni a Arce de Otálora –creo que las cosas andan en tablas entre esos dos–, sino a otro autor más, a fray Juan Pineda, autor de unos Diálogos familiares de carácter enciclopédico, entre otras obras, y a quien Madrigal asigna la Segunda parte anónima, el Lazarillo de los atunes. Solo conozco un estudioso que apueste por él para la primera (incluidas las interpolaciones de Alcalá), aunque previamente ha estado bailando con Otálora. Es Alfredo Rodríguez. Le diría que también veo tablas entre este y los otros, según las pruebas que llevé a cabo, y que el hecho de que asome su nombre no implica más que la deficiencia del método, ya que hay usos que cada uno de ellos, pero no los demás, comparten con el anónimo creador del Lazarillo. O dos de ellos y otro no. Por poner un ejemplo sin ir muy lejos, otro término del mismo pasaje que reúne los requisitos oportunos, “trebejar” o “trebejo”, es utilizado por Otálora, por Pineda y también por Sebastián Horozco, uno que he dejado fuera, pero muchas veces candidato. O “laceria”, uno de los ejemplos importantes para Rodríguez, empleado hasta siete veces en tan corta extensión por el autor de 1554, y tan solo una por Pineda y otra por Cervantes de Salazar, en obras monumentales, sin que conste por ninguna parte en Otálora. No me parece adecuado haber dejado fuera, como hace, a Cervantes de Salazar en su estudio, como se ve, ni tampoco considero oportuna su fórmula por muy neperiana que sea, ya que no atiende o matiza lo voluminoso de la producción de cada cual. Todos ellos presumen, asimismo, que el responsable del Lazarillo escribió más que la obra del destrón, pero quién puede saberlo. Por otra parte, aquí podéis ver el confuso estado del diálogo crítico, pues Calero contraataca, afirmando, por si no bastase ya con lo que tiene, que Vives escribió además la Crónica de la Nueva España y los Coloquios de Pinciano y Palatino. Hale.

Aún nos queda una muy reciente adscripción del Lazarillo. Hace quizá un año, Mercedes Agulló, una reputada investigadora de archivos, localizó una mención relativa a nuestra obra que paso a exponer:

Diego Hurtado de Mendoza, descendiente de Íñigo López, Marqués de Santillana, ya había sido citado como posible autor del Lazarillo. Se dice, aunque ignoro el fundamento, que pudo componer también uno de los más conocidos sonetos del siglo, “No me mueve, Señor, para quererte”, que también permanece anónimo. Agulló ha estado escrutando los documentos que dejó Juan López de Velasco, que fue su albacea, y no solo eso: Cuando el Lazarillo fue cuestionado por la Inquisición, se ocupó de expurgarlo, o sea, de reeditarlo en 1573 sin aquellos pasajes vetados por la Iglesia para sacarlo del Catálogo de los libros prohibidos. Como testamentario de Hurtado de Mendoza, hace un inventario de sus papeles, entre los que se encuentra un documento que reza: «UN LEGAJO DE CORRECCIONES HECHAS PARA LA IMPRESIÓN DE LAZARILLO Y PROPALLADIA». Agulló entiende que se trata de un documento que pertenece a los papeles de Diego Hurtado de Mendoza. Yo creo que se trata, en el mejor de los casos, de un texto que corresponde a Velasco, por dos motivos. El primero, que no se entiende de ser atribuible el Lazarillo a Hurtado qué debemos hacer con la Propalladia, que es de Torres Naharro. ¿Se la adjudicamos a Hurtado también? Y segundo, y definitivo, que la edición del Lazarillo castigado, de 1573, y no hubo otra, venía acompañada, oh, sorpresa, de la Propalladia, de modo que me parece claramente asumible que la mención a las correcciones que ha descubierto Mercedes Agulló alude, precisamente, a esa edición, y pertenece, pues, a López de Velasco.

Me dejo algunas paternidades por el camino. Solo quiero comentar la que me resulta más verosímil, a día de hoy.

En 1605, el fraile jerónimo José de Sigüenza concedió la autoría de esta obra al General de su orden, fray Juan de Ortega, y no lo dice en un documento cualquiera, sino en la Historia de su orden, nada menos, de la que estaba a cargo:

Dicen que siendo estudiante en Salamanca, mancebo, como tenía un ingenio tan galán y fresco, hizo aquel librillo que anda por ahí, llamado Lazarillo de Tormes, mostrando en un sujeto tan humilde la propiedad de la lengua castellana y el decoro de las personas que introduce con tan singular artificio y donaire, que merece ser leído de los que tienen buen gusto. El indicio desto fue haberle hallado el borrador en la celda, de su propia mano escrito.

F. José de Sigüenza, Historia de la Orden de San Jerónimo

Marcel Bataillon, que no tenía muy claro el erasmismo de la obrita, siendo el mejor conocedor de la influencia de esa corriente religiosa en nuestras letras, con trabajos monumentales sobre el asunto, defendía esta atribución con gran convencimiento.

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Imagino que después de este pequeño recorrido pensaréis que para qué nos vamos a molestar tanto y, desde luego, que para qué estudiar este nombre o el otro si no se ponen de acuerdo ni los especialistas, que mejor dejar las cosas como están que hablar del sexo de los ángeles, y no os falta razón, en parte. La búsqueda del autor del Lazarillo es un reto, como culminar la cima de los catorce ochomiles antes que nadie (pienso en Edurne Pasabán) o como lograr sintetizar la vacuna para cualquier enfermedad (hace tan poco que Patarroyo obtuvo la de la malaria). El hombre es así. Y así seguirá mientras la curiosidad, el deseo de saber, le muevan. Entretanto, me quedo con las palabras de Américo Castro, para quien el anonimato era solidario de la autobiografía. En otras palabras, el texto pasa por ser una autobiografía porque no figura el nombre del autor en la portada y podemos ser partícipes de la ficción, más que real a la altura de 1554, de que Lázaro mismo nos cuenta su vida de primera mano, la vida que ahora leemos. Sabemos que el autor de la Segunda parte, conocía quién había escrito su predecesora; sabemos, incluso, que a la altura de 1618, casi setenta años después, como ha mostrado Antonio Rey, Vicente Espinel todavía tenía noticia de nuestro anónimo autor… Puede que desde entonces no se conozca, y que nunca volvamos a tener certeza sobre si este o aquel nombre es el responsable de semejante creación. Y me encanta la idea.

©Ernesto Lucero

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3 respuestas a El autor del Lazarillo

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