La semana fantástica


En medio de la catástrofe japonesa de más de diez mil muertos reconocidos hoy, a pesar del genocidio libio oscurecido porque las noticias duran lo que duran en la primera plana de un periódico, de las migraciones masivas suplicantes ante la indiferencia del país receptor, por no hablar de lo de siempre (del hambre, del coltán, de los niños soldado, de la especulación, de lo que quiere el hombre según parece para sus semejantes), nos invitan al olvido a cada paso, a edulcorar la realidad para hacerla masticable con La Semana Fantástica de oportunidades sin cuento, que cada lunes y cada martes nos satura con sus proclamas de precios insignificantes, de productos irresistibles, imperecederos. Mañana será Yemen o quizá un atentado o la nube radiactiva que se nos viene encima y ya no servirá lo recién adquirido, pero tendremos entonces para desquitarnos La Semana Fantástica, de nuevo, una vez y otra vez y otra vez, porque no aprendemos.

Ayer era Ruanda, donde un millón de seres humanos perdió la vida en una lucha racial, desigual, fratricida. Decía entonces Fernando Beltrán –vesánica combinación de poeta y publicista– en unos versos titulados como este post, como el libro de poemas que los recogía:

LA SEMANA FANTÁSTICA

Viajo
de Cibeles a Sol,
camino a cualquier sitio, como siempre,
y en mitad de Ruanda,
rodeado por cebras y jirafas
que se estiran aún más en sus carteles
cuando me ven mirar.

El Corte Inglés anuncia
con bellezas letales
sus rebajas de infarto.

Regreso a mis rodillas.

El periódico abierto todavía
por la hueca mirada de esa foto
que me hiela la sangre.

Una madre muriéndose en Ruanda
y junto a ella una niña
sin semblante, sin lágrimas
mientras el autobús avanza
camino a cualquier sitio, como siempre,
atrapado en la jungla del horario.

Y es curioso de pronto
comenzar a pensar y a preguntarse
de qué tribu serán
las personas de al lado.

Hay una rubia tutsi al fondo del pasillo
y una anciana muy hutu
sentada junto a mí,
molestándome a veces con la torpe
incursión de sus brazos.

También hay entre todas las personas
seis o siete sencillas de fichar.

Encorbatados tutsis
con el gesto grapado a sus disfraces
y a su lado la trama milenaria
de los sufridos hutus de la calle.

Pero me dan más miedo el resto de los rostros.

Los ojos sin indicios.
Las frentes sin señales.

¿Serán hutus o tutsis?
¿Serán serbios o croatas?
¿Serán rojos o azules?
¿Serán pan o bocados?

¿Serán el blanco y negro de esta foto
o el festivo color de aquella valla publicitaria ?

Regreso a sus rodillas.

Tienen razón las chicas del anuncio.

Mejor cambiar de bando,

tenderme fijamente
en el cuidado césped de sus faldas,

acribillar mis sueños
con los suaves obuses de sus piernas
disparándose al aire,

alzar el velo oscuro
que a veces me persigue
camino a cualquier parte.

Cerrar al fin el diario.

Apoyar mis dos manos

-la hutu con que grito,
la tutsi con que amo-

en el tenue respaldo
de los días que pasan
y dejarme llevar por la alegría
de saber que ahora mismo
se celebra en Madrid

la Semana Fantástica

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4 respuestas a La semana fantástica

  1. Pingback: 10.000 visitas en el blog | Tranquilación

  2. Flor Zabarsa dijo:

    Profe, ¿a qué te refieres con “no aprendemos”? ¿Acaso no puedo estar a las duras y a las maduras? ¿Tengo que posicionarme? Si me compro una falda durante la Semana Fantástica, ¿estoy traicionando la memoria de los caídos en el Congo o en Libia?
    Entiendo el regomello que puedan sentir algunas personas con el consumismo cuando hay tanto dolor ahí fuera. Pero no podemos pensar 24 horas al día en ellos, privándonos de hacer cosas que podemos y que a mucha gente le hace feliz, o le hace sentir bien, or whatever.

    Completamente de acuerdo, una pena el espacio que ocupa ahora el conflicto libio en los periódicos. Más pena el tiempo en los informativos de la tele.

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