Alfonso X y la escuela de traductores de Toledo


Hemos quedado en que el tema de la prosa medieval va por el libro, pero me gustaría subrayar algunos aspectos para que no se nos escapen. Y ya sabéis que cuando subrayo algo…

Sería erróneo pensar que la prosa castellana comenzó con el rey Alfonso y más equivocado todavía el desprestigiar la tradición de la prosa medieval hispano-latina. Fue, precisamente, en el período que va desde la conquista árabe hasta fines de la Edad Media cuando las letras latinas florecieron con más pujanza en España. Sesenta años más tarde, tan sólo, después de la caída del reino visigótico, el monje español Beato de Liébana compuso un comentario sobre el Apocalipsis, que gozó de influjo tan grande fuera como dentro de la península. A partir de fines del siglo IX, hay una serie de crónicas latinas, que comienzan con la Chronica Visegothorum originaria del reino de Asturias; cortas y compendiosas en un principio gradualmente llegarán a ser más ambiciosas, tanto desde el punto de vista de sus objetivos como en el tratamiento de los mismos. Ya en el siglo XII la literatura hispano-latina se hace más variada y más conscientemente literaria, si bien no puede competir con las obras que de manera coetánea se están escribiendo allende los Pirineos. Hay, sin embargo, un campo en el que España sobresale, el de las traducciones del árabe y, aunque en menor cuantía, del hebreo.

El nivel muy alto desde el punto de vista cultural y tecnológico que la España árabe alcanzara, al tiempo que los reinos cristianos de la península se hallaban sumidos en el atraso y en la pobreza, proporcionó un poderoso incentivo para la adquisición del conocimiento por medio de las traducciones. Esta labor puso al alcance de Europa ejemplares traducidos no sólo de los escritores Arabes, sino también hindúes y persas, previamente vertidos estos últimos al árabe, y buen número, finalmente, de obras griegas (algunas incluso de Aristóteles) perdidas en la tradición occidental, conservadas en cambio, con la adición de comentarios, en versiones árabes. Este fenómeno de las traducciones empezó en el siglo X en el monasterio catalán de Ripoll, que juntamente con el de San Millán, Silos y Sahagún, constituye uno de los cuatro centros más importantes de la cultura monástica dentro de la península. No se dejó sentir por entonces la necesidad de traducir al romance, y el uso del latín hizo accesibles a los hombres cultos del otro lado de los Pirineos las obras que hemos mentado. Comenzaron aquéllos, por consiguiente, a visitar el monasterio de Ripoll para beneficiarse culturalmente y compartir la labor de traducción.

La reconquista de Toledo en 1085, con la mezcla de su población y su rico tesoro de libros árabes, posibilitó el crecimiento de esta actividad en el centro de la Península, y en efecto, en muy poco tiempo, Toledo eclipsó a Cataluña. La figura clave dentro de todo este proceso es Raimundo, arzobispo de Toledo desde 1126 a 1152, que convirtió lo que había sido una actividad meramente esporádica en una escuela organizada de traductores que sería, andando el tiempo, uno de los centros culturales de mayor importancia de la Europa medieval. En el siglo que separa la muerte del arzobispo Raimundo de la subida al trono de Alfonso X, se consolidó en la mentada ciudad una corriente de traducción con su equipo de eruditos, traductores y escribas, aparte de una cuantiosa biblioteca de libros científicos y de otra índole. En Toledo se establecieron judíos, refugiándose de los almohades, uniéndose de nuevo a aquellos cuyas familias habían vivido allí durante siglos, para desempeñar un papel de importancia vital dentro de esta escuela, no sólo por el motivo manifiesto de enriquecerla con la tradición cultural hispano-hebraica, sino por otro aún de mayor peso: ellos, a diferencia de la mayor parte de los españoles cristianos del norte, dominaban el árabe. La dificultad de la traducción directa del árabe al latín –pocos debían ser competentes en ambas lenguas– pudo obviarse mediante un tosco borrador en castellano que servía de intermediario. Un judío debería de hacer una traducción provisoria (ni siquiera tal vez por escrito), que luego un cristiano vertería definitivamente al latín. Si se siguió este procedimiento, quizá parezca extraño que la versión en castellano no pasase de un simple borrador de trabajo, desechado cuando ya hubiese alcanzado su propósito; no hubo, sin embargo, demanda de ejemplares en castellano hasta que aumentó la capacidad de lectura: los que eran capaces de leer un libro culto lo harían en latín. El comienzo de las traducciones en castellano –hemos de tenerlo presente– no significó el final de las versiones al latín; al contrario, Toledo siguió siendo hasta el siglo XV uno de los centros más importantes por lo que a esta actividad se refiere, proporcionando a Europa versiones latinas de obras árabes y hebreas.

El rey Alfonso X subió al trono sucediendo a su padre, Fernando III el Santo, que había reunificado sus reinos y conquistado gran parte de la España Interior que aún estaba en manos de los musulmanes. El joven monarca al principio se mostró prudente y mesurado en sus propósitos; en dos importantes empresas posteriores, sin embargo, no supo detenerse a tiempo y el resultado arruinó su reinado. A sus continuados empeños de llegar a ser coronado emperador dedicó mucho más de lo que los recursos financieros y militares de Castilla podían ofrecerle, y se encontró con la creciente oposición de la nobleza y de su propia familia, hasta que se vio obligado a renunciar a sus pretensiones en 1275. El intento del monarca encaminado a robustecer la autoridad real a expensas de la nobleza, aunque se tratase, por otra parte, de una política mucho más justificable, condujo igualmente al desastre. La causa principal de su fracaso la constituye la disputa en torno a la sucesión del trono; la vacilación del rey provocó una rebelión a cuya cabeza se hallaba su hijo Sancho y aún duraba la lucha cuando Alfonso murió en 1284.

Resulta imposible establecer una línea divisoria entre la trayectoria política y literaria de este monarca; se hallan, en efecto, inspiradas por idénticos motivos y se entremezclan a lo largo de toda su vida. La formulación de un código legal enciclopédico, el de las Siete partidas, se vio profundamente afectado por sus luchas contra la nobleza. La utilización de la lengua romance, por otra parte, en sus obras científicas e históricas guarda estrecha correspondencia con el uso de la misma en la cancillería real. El factor que priva en el primer caso es la determinación alfonsí de autoafirmarse y consolidar su autoridad real; el segundo, en cambio, obedece a su patriotismo castellano igualmente intenso. Los documentos de la Cancillería hasta su subida al trono habían sido redactados normalmente en latín, pero Alfonso cambió inmediatamente esta práctica por el empleo del castellano en todos los documentos dirigidos a sus súbditos, e incluso al final de su reinado dirigió con bastante frecuencia documentos en esta misma lengua a monarcas extranjeros. El empleo sistemático de la lengua romance no surgió bajo el influjo de los colaboradores judíos del rey en su obra cultural, sino más bien de su fuerte conciencia nacional y del deseo de promover el único lenguaje común a las tres culturas –cristianos, árabes y judíos– en su recientemente ampliado reino. Además, el uso de la lengua vulgar es más amplio y súbito en Castilla que en ninguna otra parte, existe una tendencia general en esta época según la cual la expansión de la educación es seguida de la secularización del conocimiento, con más amplio uso de las lenguas nacionales.

Planeó Alfonso dos obras históricas de envergadura, la Estoria de España y la General estoria o historia del mundo Quedó sin terminar la última, y la primera, a su vez, parece que nunca recibió la forma en que el monarca la concibiera. A pesar de todos los medios asiduamente reunidos por el rey, esta empresa resultó excesiva cuando el equipo de traductores, eruditos y compiladores estaba comprometido también en largas obras científicas y legales. En su obra histórica, al igual que en su intento de ser emperador, parece que Alfonso desbordé sus posibilidades.

Estoria de España.
La Estoria de España, como la mayoría de las extensas crónicas hispánicas medievales, se remonta a los comienzos mismos de la historia, en el presente caso hasta Moisés, continuando luego con la historia de la España prerromana y Roma, cuya historia es vista como parte integrante del horizonte histórico español. La obra, como es lógico, dedica las más de sus páginas al acontecer histórico peninsular desde las invasiones germánicas hasta la muerte de Fernando III. Las crónicas hispano-latinas de más importancia en el siglo XIII(de Lucas de Tuy y de El Toledano) proporcionaron abundante material, y el Toledano, por su método histórico más renovador y sagaz, influido por la historiografía árabe, constituyó una fuente de especial importancia. Se sirve Alfonso asimismo de otras crónicas latinas medievales, la Biblia, historiadores y poetas clásicos latinos, leyendas eclesiásticas, obras de épica romance y, finalmente, de historiadores árabes. El empleo de las fuentes épicas contaba con un amplio precedente, pero no había precedente alguno para la amplitud con que Alfonso las emplea: resume en efecto unos pocos poemas de modo tan completo que podemos inferir su asunto por completo (La condesa traidora, el Romanz del Infant Garcia y el Cantar de Sancho II) y prosificó otras tan por extenso que nos es posible la reconstrucción de buen número de versos (así los Siete Infantes de Lara, el Cantar de Mio Cid).

La historiografía árabe ofreció una valiosa aportación a los compiladores de la Estoria de España desde tres puntos de vista: les proporcionó, en primer término, animados símiles; obligó además a una nueva perspectiva y equilibrio históricos, ya que los eventos eran considerados por los árabes bajo un enfoque distinto; y a ella debe, en fin, la historiografía alfonsí su interés por la historia económica y social (cuya trascendencia había sido ya descubierta por el Toledano). Los efectos del sitio de Valencia por el Cid nos son comunicados, por ejemplo, mediante las listas de víveres en las que a la subida precios corresponde la disminución de la calidad de los mismos, y luego el eventual abandono de las citadas relaciones para dar paso a una narración cuya sencilla textura logra hacer surgir el horror:

[Alfonso X, Estoria de España]
“Et aquellos a que fincava algún poco de pan, soterrávanlo et non lo osavan mostrar por esto que les fazie. Et non fallavan poco nin mucho a conprar caro nin refez. Et los que algo avien tornavanse a comer las yervas, et las raízes, et cueros, et nervios, et los lectuarios de los especieros, et esto todo muy caro. Et los pobres comien la carne de los omnes [´´]”

La General Estoria.
La General estoria se concibió a su vez al modo de una ambiciosa historia universal desde la creación hasta el reinado de Alfonso. Nunca fue, sin embargo, completada, truncándose cuando llega a los padres de la Virgen María. Aun así, es de enorme extensión. Sus fuentes son aún más numerosas y variadas y en su conjunto se hallan bien ensambladas, reservando al Antiguo Testamento el puesto de fuente principal en la que se inserta el restante material. El predominio del material bíblico era de esperar: para las épocas en cuestión, el Antiguo Testamento representaba la mayor parte de las fuentes accesibles a Alfonso. Además, la concepción medieval de la historia universal como desarrollo del propósito divino colocaría de todas formas a la historia sagrada en el centro de la estructura, subordinando a ella las narraciones de la antigüedad clásica. Contiene esta obra cierto número de pasajes que en su conjunto son versiones hispánicas de leyendas clásicas tales como el sitio de Troya, la vida de Alejandro y la trágica rencilla familiar de Tebas; en este último caso, Alfonso y sus colaboradores traducen, al parecer, una versión francesa en prosa del Roman de Thebes.

Desde el comienzo de la obra, Alfonso subraya la continuidad de la historia, y se muestra enterado de la pertinencia de la historia para la política contemporánea. La General estoria defiende la prerrogativa del rey como legislador y ataca a los súbditos rebeldes en pasajes de tono sensiblemente personal. En otros pasajes, traza la transmisión del poder de los grandes. soberanos de Troya y Grecia, a través del imperio romano, hasta los llamados emperadores romanos de la Edad Media, subrayando la importancia de dos parientes de Alfonso para establecer sus propios derechos al imperio. Parece haberse dado comienzo a esta obra a principios de los años setenta. Es muy posible, por lo tanto, que las débiles esperanzas que al rey quedaban en su lucha por el título de emperador lo llevaran a emprender por vía de compensación esta historia extraordinariamente ambiciosa: de no poder afirmar su autoridad fuera de España en cuanto soberano político, lo haría como historiador.

Obras jurídicas.
Las obras legales compuestas bajo la dirección del monarca revelan el mismo esfuerzo impresionante por lograr una síntesis y por perseverar en el empleo de la lengua romance (contaban para ello con un precedente, ya que el antiguo código legal v¡sigótico, el Forum judicum, había sido traducido en fecha anterior del mismo siglo bajo el título de Fuero juzgo). Estas obras pueden mostrarnos, al igual que sus dos tratados de historia y las empresas políticas de Alfonso, una radical ineptitud para conjugar sus planes ambiciosos con la capacidad de llevarlos a feliz término. De las cuatro obras legales compiladas bajo su reinado, solamente una temprana –nos referimos al Fuero real— llegó a ver la promulgación como código legal en vida del propio monarca.

Cuando subió el monarca al trono, su reino, tomado en conjunto, carecía de un código legal uniforme. Muchas de las ciudades tenían sus propios fueros, León se regía por el código Visigótico, y Castilla, más radical que León en sus instituciones legales como lo fue en sus innovaciones lingüísticas, había reemplazado ya este código por el de la ley común. El intento primordial de Alfonso era sobre todo el de elaborar un código único para la totalidad de su reino, que reemplazase a los fueros en vigor, logrando así una cierta uniformidad; este propósito lo alcanzó mediante el Fuero real, aunque no fuese aplicado de modo inmediato a todas las ciudades.

Otros códigos legales de su reinado son el Setenario, basada su organización en el número siete, de valor mágico. Nos ofrece éste un tratamiento enciclopédico de los sacramentos, y una parte importante de él se halla dedicada a dilucidar los varios tipos del culto pagano a la naturaleza. Se trata, por consiguiente, de una mezcla de código legal, enciclopedia y manual para uso de los sacerdotes; y la obra más importante y más larga entre los tratados legales de Alfonso, las Siete partidas , que regulan todos los aspectos de la vida nacional, vista desde su vertiente eclesiástica y profana, la ley civil y criminal, explicando ampliamente la materia con que se enfrenta. Aunque las Siete partidas no fueron promulgadas en el reinado de Alfonso, gozaron de una influeiicia más amplia y perdurable que la mayoría de sus obras, puesto que, aunque fueron promulgadas por Alfonso X, su validez fue aceptada durante siglos como fuente del derecho.

Obra científica.
Las numerosas obras de índole cientifica producidas bajo el reinado de Alfonso constituyen en su mayor parte tratados de astronomía o de astrología. Se trata de traducciones del árabe, y en algunos casos la última fuente remonta a la literatura griega. La obra más importante, desde el punto de vista de la historia de las ciencias más que del de la literatura, la constituyen las Tablas alfonsíes, que hablan de los movimientos de los planetas; entre las producciones científicas del reinado de Alfonso se encuentra una colección de tratados astronómicos (los Libros del saber de astronomía) y tres obras astrológicas, el Libro de las cruzes, el Libro conplido en los judizios de las estrellas y el Picatrix. Esta última obra fue traducida del árabe en 1256 bajo la dirección de Alfonso, de la que ha sido calificada como la obra más destacada de la Edad Media sobre la magia astrológica, la Meta del sabio, compuesta en España en el siglo XI. Se hallaba esta última influida por el hermetismo, religión críptica que surgió en el Egipto helenístico en los siglos II y III. Ha sobrevivido, también, un conjunto de cuatro obras de este cariz, tres de ellas muy reducidas, sobre las propiedades de las piedras. El manuscrito existente del Lapidario (así se conoce a este grupo) va, al modo de otros manuscritos que se compusieron en el escritorio regio, profusamente ilustrado con cerca de cincuenta dibujos de animales y otras figuras que representan simbólicamente las divisiones del zodíaco. Otro elemento valioso dentro de estas obras científicas viene constituido por el hecho de que varios prólogos nos proporcionan información acerca de los métodos seguidos por Alfonso y sus colaboradores.

Aspectos lingüísticos y valoración.
Los problemas lingúísticos más importantes con que tuvo que enfrentarse Alfonso fueron los relativos a la sintaxis y el vocabulario. Sin una sintaxis más flexible y variada que la que se había desarrollado previamente en la prosa castellana, cualquier manejo medianamente complicado de ideas habría resultado imposible. No debemos exagerar, con todo, el progreso alcanzado en el reinado de Alfonso: aun la sintaxis de sus últimas producciones puede resultar rudimentaria y, en el mejor de los casos, no se halla en condiciones de poder competir con los recursos latinos al respecto. El desarrollo, sin embargo, fue indudable y substancial, y se aprovecharon de algunos procedimientos sintácticos latinos o árabes para enriquecer el castellano. En el campo del léxico, por otra parte, se hizo necesaria la introducción de vocablos para objetos y conceptos ignorados previamente en la lengua romance. Se resolvió generalmente el problema mediante el recurso al préstamo de voces latinas (a veces de otra lengua), introduciendo sólo el número de cambios fonéticos necesarios para la adaptación a los habitos de la pronunciación castellana. En tales ocasiones, las palabras se definen cuando se utilizan por primera vez en la obra; a partir de entonces, se da por supuesto que los lectores se encuentran familiarizados con su significado. Buen numero de cambios fonéticos importantes para la historia de la lengua datan, parece, del reinado de Alfonso, pero, desde el punto de vista cultural, son mucho menos relevantes que la ampliación del vocabulario o el progreso de la sintaxis. El factor principal lo constituye, pues, la regularización y el incremento realizado en los recursos de la lengua. Ha de hacerse notar, finalmente, que Castilla la Nueva toma parte ahora en la norma lingúistica: el centro de gravedad del castellano se deslizó, en efecto, de Burgos a Toledo.

También encontró tiempo para componer unas Cantigas a la Santa María, que Jordi Savall ha recuperado:

Anuncios
Esta entrada fue publicada en 1ºBACH, Lengua, Literatura, Música y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a Alfonso X y la escuela de traductores de Toledo

  1. Pingback: Para los que no se encuentran (1º BACH) | Tranquilación

  2. Pingback: 10.000 visitas en el blog | Tranquilación

  3. Patricia Sandoval dijo:

    Ernesto hay que saberse todo esto?:O

    • ernestoprofe dijo:

      Ay, Patricia. Lo colgué hace mes y medio. Ya sabes el tipo de preguntas que haré. Léetelo todo, pero fíjate en las dos o tres ideas principales: Ambiciones de Alfonso y sus sucedáneos (libros de Historia y Derecho), la escuela de traductores de Toledo como introducción del saber oriental… Y echa un vistazo a sus libros de astrología, por lo del pensamiento mágico. Con eso basta.

      • Patricia Sandoval dijo:

        pero digo que si nos estudiamos esto o lo que viene en el libro?
        ya pero ya sabes que yo para estas cosas.. que como no lo digas en clase y me acuerde luego.. fatal fatal!

      • ernestoprofe dijo:

        Siempre lo digo en clase. 😉 Y lo pongo en “AGENDA”. Y lo repito.
        Es esto en este tema. Ya sabes: Ideas principales.

  4. Adriana (1º Bto.D) dijo:

    Ernesto el comentario que tenemos pendiente que se supone que está en esta página sigo sin encontrarlo, por favor pon algun enlace más claro porque no hay manera jajaja
    Gracias.

    • ernestoprofe dijo:

      Mira en Don Juan Manuel. No es una entrada. Es una página. Las páginas se encuentran en la parte inferior del encabezado y en la columna de la derecha tienen también su apartado. En AGENDA os pedí el comentario. En este caso tiene carácter voluntario. No así el que os mandaré en breve: una comparación entre las serranillas del Marqués de Santillana y la que os he transcrito en la página sobre el Libro del Buen Amor, de Juan Ruiz. Quiero escribiros algunas orientaciones aquí para el comentario de textos. En cuanto tenga una tarde, lo haré.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s